24 diciembre 2009

DONDE DIOS NI ESTÁ NI SE LE ESPERA

Posted by P. Pedro Ayala | 24 diciembre 2009 | Category: |

P. Emilio González Magaña SJ
Un amigo me decía hace unos días que escuchó en Misa una petición que le ayudó a entender el sentido del Adviento y la espera de la Navidad. La oración decía: «Te pedimos Señor que sepamos aportar esperanza a quienes nos rodean». A mí me ayudó a entender que no se puede expresar mejor nuestro gran reto... y nuestro gran tesoro, como cristianos. Nuestro gran reto, me parece obvio. Vivimos tiempos en que anida la tristeza y el pesimismo en muchos de quienes nos rodean e incluso en nosotros. El hundimiento de un modelo basado en un feroz consumismo, junto con la desaparición de valores tradicionales que pretenden ser sustituidos por subvalores ambiguos, como el de ser ciudadano en vez de ser persona, implica que gran parte de quienes nos rodean estén «como ovejas sin pastor». Bastaría con tener el valor de escuchar –no oír- un poco para darnos cuenta del gran dolor que existe en nuestro derredor. Lo que es más triste es que casi siempre, la actitud del doliente -asesinando la esperanza-, añade mayor sufrimiento al mismo.

Nuestro gran tesoro es que nuestro Dios es el Dios de lo imposible y un Dios al que se le puede acusar de todo, salvo de una cosa: de no haber sufrido. Desde la confianza en ÉL, siempre es posible reconstruir nuestra vida, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, suframos lo que suframos. Sin embargo, me pregunto si realmente creemos en ello. Cuando uno escucha análisis pesimistas del momento actual y el catastrofismo sobre el futuro, por personas que se declaran católicas, no puedo menos que quedar estupefacto. ¿Qué papel reservamos a Dios en nuestro presente y nuestro futuro? Me parece que el gran complejo de inferioridad sociológico que atraviesan muchos cristianos, tiene su manifestación más clamorosa en una visión del mundo... donde Dios ni está ni se le espera. Por eso, si tuviera que elegir entre lo más específico que los cristianos debemos aportar aquí y ahora, no lo dudaría: elegiría la esperanza. Pudiera parecer que esta postura es utópica y desligada de un mínimo análisis racional. Es el viejo truco -decididamente falso-, de enfrentar la fe a la razón.


Es extraño que en plena Navidad tenga que aceptar que nadie ha expresado mejor que Albert Einstein la actitud a tomar ante las crisis, desde un punto de vista puramente racional. El sabio afirmó: «No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar “superado”. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla».

Si yo tuviera que elegir uno solo de los recuerdos de la Navidad, elegiría el ambiente de esperanza, de alegría y de amor que se vivía en mi familia en estas fiestas. Ahora que me voy haciendo viejo caigo en la cuenta que el hombre no sabe esperar y que cuando dice que espera, lo hace en algo que no le hará feliz. Por eso no entendimos a Dios cuando vino a nosotros. Esperábamos descubrirlo en el poder y llegó en la pobreza, la humildad y en el rechazo. Creímos que vendría con imagen y prestigio y vino en la misericordia, la caridad y la justicia. Esperamos apoteósicas revelaciones y sólo se nos da a contemplar un simple pedacito de carne vulnerable y débil. Por eso la Navidad es el eterno misterio que nos deja desvalidos ante todo lo postizo, nos quita las caretas, nos abandona ante el solo hecho de creer o no creer que es Dios quien ha nacido y con Él una nueva oportunidad de esperar y aportar esperanza a quienes nos rodean.

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