03 noviembre 2010
QUÉ BIEN SÉ YO LA FONTE… ¡AUNQUE ES DE NOCHE!
Posted by P. Pedro Ayala | 03 noviembre 2010 | Category:
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P. Emilio González Magaña S.J.
La sugerente frase de San Juan de la Cruz nos puede ayudar a reflexionar sobre nuestra actitud ante los problemas, las crisis y la muerte. Esta semana los cementerios estarán llenos de flores, las tumbas serán visitadas por quienes piensan tranquilizar un poco la conciencia al recordar lo que no hicieron en vida por sus seres queridos. Como lo he manifestado en forma reiterativa, creo que más que pensar en lo que no hicimos, podemos enfrentar con esperanza el presente y vivirlo bien cuando todavía estamos a tiempo. Muchos hombres y mujeres nos han dado ejemplo del modo cómo podemos asumir esos momentos en los que creemos que todos -incluso Dios-, nos han abandonado, sentimos que las fuerzas se nos van y no podemos seguir luchando. Es mucho más fácil quedarnos a contemplar la violencia y la inseguridad que orar para que Dios nos dé la fuerza de trascender el sufrimiento personal, el dolor y la muerte.
Un afamado profesor de teología compartía su experiencia de búsqueda de Dios y decía: “Tengo un cáncer terminal y me queda poco tiempo de vida. Si no me había quejado de Dios cuando todo me iba bien, ¿por qué me iba a quejar cuando todo me iba mal? A lo largo de mi enfermedad he procurado mantener una actitud vital, aun en los momentos más difíciles. La enfermedad ha sido una etapa de mi vida que merecía la pena vivirla con intensidad, profundidad, radicalidad, un cierto entusiasmo y alegría… Puedo decir que, por desgracia, he tenido la suerte de estar enfermo y poder así vivir facetas de la vida, que mientras estaba sano, habrían pasado casi desapercibidas: la debilidad, la limitación, lo irremediable, lo profundo radical, el dolor, la relatividad, lo importante y accidental, lo necesario y lo accesorio… el asumir la propia historia, el aceptarte como eres, la capacidad de autocrítica, la perspectiva del cambio, el asumir la muerte, el abrirse al futuro, la esperanza desesperada… ¡Tantas veces!”.
Con pasmosa sencillez, un ama de casa escribió su historia en la que nos permite saborear un canto a la esperanza. Su relato reza así: “a los 19 años conocí al que después sería mi marido y mi vida junto a él transcurrió feliz, con los problemas propios de una familia… De los tres hijos que tengo, con el mayor y la mujer no he tenido ningún conflicto, pero con el más chico he tenido problemas de todos los colores hasta que cayó en la droga. Después de muchos sufrimientos, aceptó entrar en un programa de rehabilitación y más tarde se casó. A los dos años de casados tuvieron dos hijos gemelos. Uno de ellos, a los catorce días de nacido, sufrió una meningitis grave de la que ha quedado ciego y con parálisis cerebral. Pocos meses antes de nacer los gemelos supimos que mi marido tenía cáncer de pulmón y le daban un año de vida. Mi marido no quiso saber lo que tenía por lo que tuve que llevar una vida aparentemente normal; tragar mis lágrimas y tratar de contagiar alegría donde todo era incertidumbre.
Nos preparábamos para el matrimonio de nuestra hija y aunque quería que ella me viera feliz, manifestaba un gozo que no podía sentir verdaderamente. Mi marido murió en febrero y en noviembre de ese mismo año, la madre de los gemelos abandonó a mi hijo con los dos niños de catorce meses y uno de ellos enfermo y ciego. Yo, viuda y pobre, tuve que hacerme cargo de la casa y así sigo tres años después. Habían sido muchas cosas y si mi fe en Dios y en su infinita bondad no me hubiera acompañado, no lo habría resistido. A pesar de todo, soy feliz. Me siento bien interiormente. Cuando llega la noche noto el cansancio, pero al día siguiente comienzo con nueva ilusión. Creo firmemente que cuento con la ayuda de Alguien superior a mí; yo sola no podría llevarlo a cabo… Hay quien me pregunta cómo puedo sentirme tan bien con todo lo que me ha tocado vivir. Yo lo tengo claro: mi fuerza la encuentro en mi fe que es alimentada por la Eucaristía que es el centro y el motor de mi vida”.
Por supuesto que podemos conformarnos con llorar y llevar flores al panteón o, como San Juan de la Cruz, hablar con ellos y gritar: “Aquesta Eterna fuente está escondida en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche. Aquí se está llamando a las criaturas porque desta agua se harten aunque a oscuras, porque es de noche. Aquesta viva fuente que deseo en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.
Un afamado profesor de teología compartía su experiencia de búsqueda de Dios y decía: “Tengo un cáncer terminal y me queda poco tiempo de vida. Si no me había quejado de Dios cuando todo me iba bien, ¿por qué me iba a quejar cuando todo me iba mal? A lo largo de mi enfermedad he procurado mantener una actitud vital, aun en los momentos más difíciles. La enfermedad ha sido una etapa de mi vida que merecía la pena vivirla con intensidad, profundidad, radicalidad, un cierto entusiasmo y alegría… Puedo decir que, por desgracia, he tenido la suerte de estar enfermo y poder así vivir facetas de la vida, que mientras estaba sano, habrían pasado casi desapercibidas: la debilidad, la limitación, lo irremediable, lo profundo radical, el dolor, la relatividad, lo importante y accidental, lo necesario y lo accesorio… el asumir la propia historia, el aceptarte como eres, la capacidad de autocrítica, la perspectiva del cambio, el asumir la muerte, el abrirse al futuro, la esperanza desesperada… ¡Tantas veces!”.
Con pasmosa sencillez, un ama de casa escribió su historia en la que nos permite saborear un canto a la esperanza. Su relato reza así: “a los 19 años conocí al que después sería mi marido y mi vida junto a él transcurrió feliz, con los problemas propios de una familia… De los tres hijos que tengo, con el mayor y la mujer no he tenido ningún conflicto, pero con el más chico he tenido problemas de todos los colores hasta que cayó en la droga. Después de muchos sufrimientos, aceptó entrar en un programa de rehabilitación y más tarde se casó. A los dos años de casados tuvieron dos hijos gemelos. Uno de ellos, a los catorce días de nacido, sufrió una meningitis grave de la que ha quedado ciego y con parálisis cerebral. Pocos meses antes de nacer los gemelos supimos que mi marido tenía cáncer de pulmón y le daban un año de vida. Mi marido no quiso saber lo que tenía por lo que tuve que llevar una vida aparentemente normal; tragar mis lágrimas y tratar de contagiar alegría donde todo era incertidumbre.
Nos preparábamos para el matrimonio de nuestra hija y aunque quería que ella me viera feliz, manifestaba un gozo que no podía sentir verdaderamente. Mi marido murió en febrero y en noviembre de ese mismo año, la madre de los gemelos abandonó a mi hijo con los dos niños de catorce meses y uno de ellos enfermo y ciego. Yo, viuda y pobre, tuve que hacerme cargo de la casa y así sigo tres años después. Habían sido muchas cosas y si mi fe en Dios y en su infinita bondad no me hubiera acompañado, no lo habría resistido. A pesar de todo, soy feliz. Me siento bien interiormente. Cuando llega la noche noto el cansancio, pero al día siguiente comienzo con nueva ilusión. Creo firmemente que cuento con la ayuda de Alguien superior a mí; yo sola no podría llevarlo a cabo… Hay quien me pregunta cómo puedo sentirme tan bien con todo lo que me ha tocado vivir. Yo lo tengo claro: mi fuerza la encuentro en mi fe que es alimentada por la Eucaristía que es el centro y el motor de mi vida”.
Por supuesto que podemos conformarnos con llorar y llevar flores al panteón o, como San Juan de la Cruz, hablar con ellos y gritar: “Aquesta Eterna fuente está escondida en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche. Aquí se está llamando a las criaturas porque desta agua se harten aunque a oscuras, porque es de noche. Aquesta viva fuente que deseo en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.
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