11 diciembre 2010

Ya basta de ser "Juandieguitos"

Posted by P. Pedro Ayala | 11 diciembre 2010 | Category: |

P. Emilio González Magaña. S.J.
El relato del Nican Mopohua que narra la segunda aparición de la Santísima Virgen de Guadalupe a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, en mi opinión, ha sido malinterpretado. Esta bella narración, en un lenguaje del más refinado estilo náhuatl, fue escrita por Antonio Valeriano, el máximo sabio del Colegio de Santa Cruz de Tlalteloco a mediados del siglo XVI. El Huey Tlamahuizoltica o “Gran Acontecimiento” -como fue llamado-, recoge lo que el autor debió escuchar varias veces a su protagonista y nos deja no sólo la crónica del milagroso evento sino la vivencia del mundo indígena. Una errónea percepción del lenguaje del testigo del mensaje guadalupano ha permitido a muchos mexicanos ocultarse en una actitud de dejadez y derrotismo que está muy lejos de reflejar el espíritu del testigo de las apariciones de María, Nuestra Señora en nuestra patria.
Estoy haciendo referencia al momento en el que Juan Diego comenta a la Señora del Cielo que el Obispo pensaba que lo que le había expresado era una invención suya. Perplejo, le dice: “Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía".
Esta expresión ha justificado una actitud pesimista, de fracaso o de fingida humildad que, en la práctica, no es sino miedo a enfrentar los problemas con un talante que refleje los verdaderos sentimientos de aquel hombre. Es un hecho que Juan Diego Cuauhtlatoatzin no tenía ningún poder político o eclesial; que su fama no era la de un gran sabio y estadista como Nezahualcóyotl, ni la de un notable caudillo como Cuauhtémoc, sino la de un hombre santo a quien María de Guadalupe le llamó “mi Juanito, mi Juan Dieguito… mi hijito más pequeño… mi mensajero absolutamente digno de toda mi confianza”. De una confianza que, por cierto, él demostró merecer ampliamente. La actitud del hijito de la Virgen tendría que alejarnos de una actitud comodina y mediocre que nos impide tener deseos de verdadera superación y de la vivencia radical del mensaje evangélico y guadalupano que nos dé fuerzas para enfrentar la conflictiva situación actual.
La Iglesia ha reconocido en Juan Diego Cuauhtlatoatzin un modelo e intercesor y, desde 1972, autorizó la oración en la que pedimos la gracia de ser dignos de confianza y –como Juan Diego- ser embajadores de paz y amor; de ser fieles al mandato de luchar por un mundo más humano y más justo y de ser dignos de que la Madre del Señor nos salga al paso en el camino de nuestra vida. La figura de Juan Diego nos debería animar a dejar a un lado una actitud de mexicano acomplejado y conformista, acostumbrado a frases depresivas como “ya ni modo”, “ahí se va”, “ya merito”, “ésta es mi suerte”… El bellísimo acontecimiento guadalupano que hoy recordamos es una invitación a dejar a un lado sentimientos ruines como la envidia o los celos y alejar la fama que tenemos que no soportamos el éxito de otros mexicanos y que más que reconocer nuestras capacidades, nos criticamos porque es insoportable asumir que pueda haber un paisano que deje la mediocridad.
Acostumbrémonos a hablar de tú a los grandes como Juan Diego a la Virgen cuando le dijo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía?” Con falsas actitudes de “juandieguito” no superaremos nuestros problemas sino con la fe firme de que en la figura de Juan Diego, hemos sido elegidos como pueblo con el reto de comprender el significado del mensaje de María de Guadalupe que expresa con firmeza: “Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor
del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”.

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