02 enero 2010

UN NUEVO AÑO PARA EN TODO AMAR Y SERVIR

Posted by P. Pedro Ayala | 02 enero 2010 | Category: |


P. Emilio González Magaña SJ
El infierno en el que a menudo transformamos
nuestra vida cotidiana nos impide
descubrir la belleza de Dios,
su presencia constante en medio de nosotros...



El nuevo año me salió al encuentro en la ciudad de Suwon-shi, Provincia de Gyeonggy-do, Corea del Sur, a unos 40 kilómetros de la gran capital Seoul. Recordé el nacimiento del Hijo de Dios en una hermosa Eucaristía de Noche Buena celebrada en un campo de refugiados de Corea del Norte. La experiencia de esos hermanos, su fortaleza, amor por la vida y su valentía al escapar del régimen comunista, nos dio muchas razones para celebrar a pesar de las nevadas y las temperaturas siempre bajo cero. Más tarde, en familia, brindamos con vino de arroz en el Noviciado San Estanislao de Kostka de la Provincia Coreana de la Compañía de Jesús. Aun cuando el ambiente entre mis hermanos jesuitas ha sido verdaderamente entrañable, he vivido las fiestas de diciembre con una extraña mezcla de nostalgia y alegría. Es innegable que la Navidad y las fiestas de fin de año reaniman nuestra esperanza pues se nos da una nueva oportunidad de detenernos un poco para comenzar una vez más.

Y esto no es nada extraño pues sabemos que una espiritualidad sana nos ayuda a crecer si no le tenemos miedo a nuestra sensibilidad y dejamos a un lado nuestra fría forma de racionalizar todo lo que vivimos. Si nos dejamos “afectar”, es decir, si permitimos ser impactados y aun tocados por la certeza de la presencia de Dios, nuestra afectividad llega a ser un modo de interpretar el mensaje recibido de la majestad divina. El hecho de comenzar un nuevo año nos da la oportunidad de descender a nuestros propios infiernos para descubrir donde está lo que nos bloquea, lo que nos hace daño o nos estorba para ser realmente felices. El infierno en el que a menudo transformamos nuestra vida cotidiana nos impide descubrir la belleza de Dios, su presencia constante en medio de nosotros y, claro, preferimos fijarnos más en lo negativo, en lo que nos disgusta, en lo que no va de acuerdo a nuestros deseos y así, casi inconscientemente, nos hacemos daño y hacemos daño a quienes nos rodean.

Por eso las fiestas navideñas nos hacen sentir bien. Porque no tenemos miedo a expresar nuestro amor a los que más queremos y nuestra ingente necesidad de ser amados por ellos, de ser alguien para nuestros parientes y amigos, de ser reconocidos en lo que somos y por lo que somos. Nada más, simple y llanamente así. Tal vez por eso añoramos estas fiestas porque, sin tener pavor al “qué dirán”, nos quitamos las máscaras y expresamos abiertamente lo que nos hubiera gustado decir a los largo del año que termina. Conforme me voy haciendo viejo voy comprendiendo la sabiduría de los ancianos que nos ayuda a relativizar lo que no vale la pena y a valorar abiertamente las pocas cosas que nos hacen vivir en plenitud. Este fin de año, en Corea, he reflexionado mucho en la enorme necesidad que tenemos de compartir con otros la certeza de sentirnos amados por Dios, así como somos, en medio de crisis, quizá con uno que otro fracaso y problemas, pero también con logros y muchas satisfacciones. No cabe duda de que estamos invitados a comunicar a otros la seguridad que nos da el saber que Dios, como buen Padre, nos indica adonde ir, lo que debemos hacer y cómo lo podemos hacer mejor sin tener que preocuparnos excesivamente si los demás están de acuerdo, o no.

Las fiestas de fin de año pueden ser para todos la renovación de la única certeza: Dios es el Ser eternamente presente que viene a nosotros todos los días porque nos ama y con la infinitud de ese amor quiere transformarnos y animarnos a que lo amemos y hagamos lo mismo que Él en nuestro entorno. La Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios que acabamos de contemplar nos da la única garantía que podemos esperar para tener los mismos sentimientos de Jesús, el Hijo unigénito de Dios y no permitir que nuestra vida coincida con los falsos criterios del mundo, de una sociedad hipócrita y de quien no tiene el valor de vivir los valores que no pasan de moda. Si nos sintiéramos verdaderamente amados por ese Otro, el Señor, Dios siempre Mayor, dejaríamos de preocuparnos por satisfacer las exigencias de los demás y tratar de ser como ellos querrían que fuéramos, sabiendo que jamás podremos llenar sus expectativas, tan humanas y débiles como las nuestras. Me parece que si asumiéramos la posibilidad de que éste pudiera ser el último año de nuestra existencia, asumiríamos una nueva oportunidad para plantearnos -en serio-, un proyecto personal; tomaríamos la vida en nuestras manos y haríamos de ella lo que Dios ha soñado para cada uno de nosotros.

Currently have 2 comentarios:

  1. Orale, esta muy padre este articulo, muchas Gracias por publicarlo,
    Que el Señor te colme de bendiciones en este nuevo año Padre!
    Un abrazo

  2. ¡Feliz año, para este hermoso blog y su autor!.¿Qué te parece si le añades el traductor de google?. Hay entradas de otros paises con diferente idioma. Piénsalo.

    Por cierto a ver si me explicas como has modificado el ancho de página. Me gustaría para el blog de la parroquia porque tengo H2O noticias y me sale partido por falta de espacio.


    Paz y bien


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