01 febrero 2010

En el nombre del poder

Posted by P. Pedro Ayala | 01 febrero 2010 | Category: |

P. Emilio González Magaña SJ

El 21 de Enero de 2009, cinco jefes de familia trabajaban normalmente en Namildang, un viejo y céntrico barrio de la gran capital Seoul. Por su estratégica cercanía con la Estación Central de Yongsan, está en marcha la construcción de elegantes edificios de oficinas y apartamentos en esa zona de la ciudad. Los propietarios habían recibido ya severas advertencias del gobierno en el sentido de que debían vender sus propiedades. Ellos siempre se negaron a vender su único patrimonio y el de sus hijos; por otra parte, dependían completamente de su trabajo en los sencillos establecimientos comerciales de la planta baja. Jamás imaginaron que aquél iba a ser el último día de su existencia. Al caer la tarde, oyeron el gran estrépito de los carros de la policía que venían a desalojarles por la fuerza. Todo se desarrolló en unos cuantos minutos. Se refugiaron en el cuarto piso del viejo edificio y comenzaron a escuchar cómo iban destruyendo las puertas de los pisos inferiores con el propósito de espantarlos y "tomar posesión pacífica" de la propiedad en favor del gobierno.

Unas pobres familias no se podían oponer al crecimiento de una lujosa zona en la capital de la cada vez más rica Corea del Sur. Según la policía “encontró fuerte oposición en los propietarios” por lo que les comenzó a disparar, con tanta furia y mala suerte, que una de sus propias balas abatió a uno de los suyos. Eso enfureció a los prepotentes y ya de por sí enervados agentes quienes atacaron sin piedad el improvisado refugio de los cinco hombres y uno de sus hijos, propietarios legítimos de los edificios expropiados. Nadie supo qué pasó, pero el fuego de la policía hizo que explotaran unos cilindros de combustible que estaban, precisamente, en el piso donde se escondían aquellos desgraciados. Solamente se oyeron los gritos enloquecidos que rogaban que dejaran de disparar, que no estaban armados y que las llamas estaban ya muy cerca de ellos.


La policía no solamente no dejó de tirar sino que disparó aún con más violencia. Algunos testigos de los hechos declararon más tarde que vieron cómo aquellos pobres hombres se lanzaron por la ventana. Uno por uno fue cayendo al vacío, y a pesar de que iban envueltos en llamas, la policía no dejaba de hacer fuego... nadie se explica aún cómo el más joven escapó con vida. Las víctimas fueron acusadas de terrorismo y oposición violenta a las disposiciones legales del gobierno. El joven que escapó milagrosamente fue llevado a una prisión de la que no sale todavía. La policía declaró que las pruebas de la autopsia realizada "demostraban sin ninguna duda" que las víctimas eran terroristas... así porque sí. Para colmo de la desventura, el gobierno se negó a entregar los cuerpos a los familiares.

Desde entonces, la Iglesia Católica celebró la Misa diariamente en el sitio del asesinato. Con la acusación de expresar su fe en la vía pública, un grupo de religiosas, seminaristas diocesanos y novicios jesuitas fueron arrestados, esposados y encarcelados durante más de 24 horas. La reacción fue inmediata: varios monjes budistas y algunas iglesias protestantes se unieran a la liturgia cotidiana en una hermosa manifestación de ecumenismo y solidaridad con las familias de los muertos. Se pidió insistentemente que se permitiera a la ciudad conocer la verdad, pero todo fue inútil; más aún, los cuerpos permanecieron en el anfiteatro de la estación de policía todo el año sin que el gobierno accediera a que se celebraran los funerales según la tradición coreana. Jamás se permitió que los representantes de Amnistía Internacional revisaran las supuestas evidencias de "terrorismo". Ahora se sabe que sólo quedaron unos pedazos de los cuerpos después de la carnicería en la que se convirtió “la exhaustiva investigación policíaca”.

El Alcalde de Seoul -quien busca ser reelecto este verano-, dio muestras de su “exquisita benevolencia” y –finalmente-, accedió a entregar los cuerpos de las víctimas. Así, el 9 de Enero, unidos por la fe en el único Dios y en la justicia, católicos, protestantes, budistas, confucionistas y ateos, nos reunimos para celebrar el ansiado funeral. Ni la nevada que puso los termómetros a -12° pudo impedir que obispos, monjes y pastores de otros credos religiosos, políticos, personalidades del medio artístico y cultural, se confundieran con el pueblo a pesar de las continuas amenazas de la policía que amagaba con gritos y un impresionante despliegue de autoritarismo. Yo estaba prácticamente congelado pero con un fuego interior que me es imposible describir. No entendía ninguna palabra de las hermosísimas canciones que escuchaba; tampoco capté el contenido de los discursos y poemas que se dijeron en el sitio de la tragedia. Lo que sí experimenté fue un poco de envidia... Si esta unión la lográramos en México, otra cosa sería nuestra realidad ante tanta injusticia, violencia, desesperanza y muerte... Si en nuestro país se lograra una manifestación de rechazo ante un hecho injusto -como en Corea- en donde se unió lo que parece que no se puede hermanar por las diferentes confesiones de un mismo Dios, creo que sería más fácil trabajar juntos en vez de atacarnos unos a otros y ver cada uno por sus intereses sin asumir que el país está fuera de todo control... Pude sentir el dolor y la rabia de las cinco viudas, de sus hijos y de un pueblo que supo unirse en la defensa de unos pobres que se atrevieron a desafiar a quienes actúan en el nombre del poder. Hice mías sus lágrimas y también pude abrigar la esperanza de que algún día el gobierno se decida a decir la verdad y a restaurar el buen nombre de los que ya no se pueden defender.

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