16 febrero 2010
Lo que debe caracterizar todos nuestros gestos y nuestras palabras
no es la búsqueda del poder y del éxito,
sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia…
P. Emilio González Magaña SJ
Cuando el Santo Padre se dirige a quienes colaboramos en la formación de formadores al sacerdocio es preciso y contundente: debemos insistir por activa y por pasiva en que el sacerdocio jamás debería ser usado como un medio para hacer carrera en la Iglesia. Consciente de los retos que se presentan al sacerdote de nuestro tiempo, el año pasado, la Pontificia Comisión para América Latina de la Congregación para los Obispos, dedicó su Reunión Plenaria al tema de la Formación Sacerdotal en los Seminarios de América Latina. En su mensaje final, el Papa nos decía: «Hoy más que nunca es preciso que los seminaristas, con recta intención y al margen de cualquier otro interés, aspiren al sacerdocio movidos únicamente por la voluntad de ser auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo que, en comunión con sus Obispos, lo hagan presente con su ministerio y su testimonio de vida».
La preocupación del Santo Padre no es nueva y evidencia una realidad de la que poco se habla. Obviamente es mucho más fácil cargar las tintas con otro tipo de escándalos, ya sea en materia de castidad o de obediencia. El tema del “carrerismo” está en íntima relación con una débil vivencia de la pobreza y esto -por supuesto-, no se refiere solamente al hecho de tener o no tener dinero. Su Santidad Benedicto XVI es consciente de que la búsqueda de poder en la Iglesia existe, es frecuente y en algunas ocasiones se presenta con apariencia de bien aun cuando, en realidad, la ambición se disfraza de un aparente servicio. De ahí la dificultad de reconocer la tentación si no vivimos en un ambiente de auténtico discernimiento de nuestras afecciones desordenadas. El Papa ha sido explícito en su mensaje tanto a Cardenales, Obispos, Sacerdotes Diocesanos y Religiosos así como a seminaristas y escolares en formación.
Bastaría con recordar la homilía pronunciada en la Plaza de San Pedro el viernes 24 de marzo de 2006, a propósito del Consistorio Ordinario Público para la creación de nuevos cardenales. Aquel día manifestó que: «En efecto, Jesús, explicando a los doce Apóstoles que su autoridad debía ejercerse de modo muy diferente del de los "jefes de las naciones", resume esta modalidad con el estilo del servicio: "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor (διάκονος), y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos (aquí Jesús utiliza la palabra más fuerte: δουλος)" (Mc 10, 43-44). La total y generosa disponibilidad para servir a los demás es el signo distintivo de quien en la Iglesia está revestido de autoridad, porque así sucedió con el Hijo del hombre, que no vino "a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 45). Aun siendo Dios, más aún, impulsado precisamente por su divinidad, asumió la forma de siervo —"formam servi"—, como dice admirablemente el himno a Cristo contenido en la carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 6-7)».
Las mismas ideas fueron reiteradas en su homilía de la Basílica de San Pedro en un nuevo Consistorio Ordinario Público, el sábado 24 de Noviembre de 2007. Esta vez, con un lenguaje todavía más enérgico, el Santo Padre decía: «El cristiano está llamado a asumir la condición de "siervo" siguiendo las huellas de Jesús, es decir, gastando su vida por los demás de modo gratuito y desinteresado. Lo que debe caracterizar todos nuestros gestos y nuestras palabras no es la búsqueda del poder y del éxito, sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia… En efecto, la verdadera grandeza cristiana no consiste en dominar, sino en servir. Jesús nos repite hoy a cada uno que él "no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 45)». Y, casi como una guía para que los sacerdotes hagamos un examen de conciencia en esta cuaresma, el 3 de febrero pasado, Su Santidad, explicando la historia del insigne fundador de la Orden de los Frailes Predicadores, lo propuso como modelo de pobreza y consagración a la evangelización, alejado de los prestigios eclesiásticos.
De Santo Domingo de Guzmán destacó su renuncia a los privilegios personales que podría haber conseguido de una prometedora carrera eclesiástica y su dedicación humilde a las tareas que le fueron confiadas. « ¿No es quizás una tentación la de la carrera, del poder, una tentación de la que ni siquiera están inmunes aquellos que tienen un papel de animación y de gobierno en la Iglesia?» -afirmó-, recordando sus propias palabras del pasado mes de septiembre, durante una consagración episcopal, cuando insistió: «No buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Sabemos cómo las cosas en la sociedad civil, y no pocas veces en la Iglesia, sufren por el hecho de que muchos de aquellos a los que se les ha conferido una responsabilidad trabajan para sí mismos y no para la comunidad».
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