08 febrero 2010
P. Emilio González Magaña SJ
Ahora veo caras amigas,
gente con las cuales compartir y
trabajar juntos por una misma causa...
Los jesuitas en Port-au-Prince y Léogâne han creado doce centros de intervención para la distribución de alimentos y medicamentos. A estos centros acuden cada día más de 15.000 personas. De momento, todas las ayudas canalizadas por el Servicio Jesuita a Refugiados, las Provincias y otras organizaciones de la Compañía de Jesús llegan a estos centros. Hay algunos equipos médicos que han llegado de Estados Unidos, Puerto Rico y la República Dominicana. Los médicos puertorriqueños están pensando en quedarse más tiempo para seguir ocupándose de los enfermos, una vez que se haya respondido a las necesidades inmediatas causadas por el desastre. Los alimentos, el agua y los medicamentos – entre otras cosas – los recogen parroquias y grupos sociales de la República Dominica y se compran con los donativos que llegan de todas partes.
Dos grandes camiones transportan cada día a los centros de intervención material de socorro, que luego es distribuido por los jesuitas de la República Dominicana y de Haití. El noviciado jesuita ha acogido a personal médico, choferes y a voluntarios y en este lugar, cada mañana a las 8:00 horas, se encuentra el equipo de emergencia haitiano-dominicano para revisar la situación y planificar el día. El P. Kawas François S. J., jesuita haitiano que coordina la respuesta jesuita al desastre, escribía el 24 de enero: “Se necesitan médicos y alimentos. La ayuda que llega no basta para alimentar a los que necesitan apoyo en nuestros centros de intervención”. El Padre Mario Serrano S. J., se encarga de la distribución de alimentos desde la República Dominicana, donde se recoge y embala todo lo que llega y luego se traslada en camiones al centro de distribución en Barahona.
En uno de sus comunicados nos comparte lo siguiente: “Llegamos a Jimani, pueblo fronterizo con Haití, dejamos organizado un equipo con personal de Bono y el Centro Poveda y cruzamos la frontera con dos grandes camiones de ayuda. Nos aseguramos de ser acompañados de seguridad militar. Nuestro noviciado está en la entrada de su barrio, que es muy pobre y en el que residen muchas víctimas del sismo. Ahí llegamos ya casi de noche y no descargamos los camiones por miedo a la reacción de la población. Ya no teníamos seguridad militar... Pero diligenciamos para tener dos policías para la vigilancia de esa noche. Al día siguiente, temprano en la mañana, descargamos y luego nos reunimos para organizarnos. Mientras nos reuníamos, un gran número de personas empezó a golpear la puerta pidiendo que se distribuyera la comida. Detuvimos la reunión y pensamos en lo peor. Hubo que llamar al policía. Llego la policía y la gente no se dispersó. El comandante nos pidió que les diéramos una botella de agua y los despidiéramos con la promesa de que también a ellos les daríamos de la ayuda recibida. La gente aceptó y les prometí que iría a hablar con ellos mas tarde.
Esa tarde tuvimos una excelente asamblea de moradores… Les compartí nuestro miedo y sentimiento de inseguridad; ellos nos afirmaron que en la zona ellos pondrían la seguridad, se organizaron para recibir la ayuda y se comprometieron a ayudarnos a descargar los camiones. No saben la alegría que me dio todo este proceso. Una alegría ligada a una nueva compresión de la situación, a unas referencias muy concretas de personas, a una nueva forma de gerencias la ayuda. Hay que integrar a la gente lo más que se pueda en el proceso mismo... Cuando se agolpó la gente a nuestra puerta recuerdo la voz y el rostro de Soucet, una mujer muy valiente que exigía comida, con enojo y valor. Recuerdo mi temor frente a tanta gente. Ahora veo caras amigas, gente con las cuales compartir y trabajar juntos por una misma causa... Ahora tenemos una seguridad y protección más fuerte que la que nos pueden brindar las fuerzas militares, tenemos el acompañamiento de quienes pretendíamos acompañar y ayudar...”.
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