21 febrero 2010
P. Emilio González Magaña SJ
...es un tiempo propicio para calar hondo
y darnos una nueva oportunidad de corregir
lo torcido, vivir en plenitud
y ser auténticamente cristianos.
El tiempo y, con él nuestra vida, se va como el agua se escapa de las manos. Poco tiempo atrás celebrábamos el Nacimiento del Salvador y ahora hemos comenzado la Cuaresma. Como cristianos, tenemos dos opciones: o vivir en serio este tiempo de gracia o hacer como que nada sucede y seguir viviendo en medio de la rutina, la queja, el miedo y la angustia o, simplemente en el vacío y la desilusión interior perpetua. Este año, el Santo Padre nos sugiere que reflexionemos el tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: la justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22). El Papa es consciente de que vivimos en una sociedad que no le gusta detenerse, que vive, o en medio de un activismo atroz, o inmersa en la más asfixiante superficialidad. Sabe perfectamente que muchos piensan que Dios se hace sordo a un mundo donde la injusticia prevalece, en el que reina la mentira y la violencia y en el los que sufren se preguntan si esto que vivimos es la voluntad de Dios.
Sin cerrar los ojos a la tragedia de este mundo, a los 230 mil muertos en Haití, a nuestros hermanos de Chalco, inundados por las aguas negras de un sistema cada vez más corrupto e ineficaz, a la angustia de millones de mexicanos que temen los asaltos, los secuestros o estar “en el lugar equivocado en el momento equivocado” del terror y el abuso de poder. Benedicto XVI nos anima a asumir y creer que “la justicia de Cristo es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás”. Su mensaje no es de ningún modo ingenuo pues se plantea una pregunta decisiva: « ¿qué justicia existe donde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de ‘lo suyo’ ?»
Cuando reflexionamos en las grandes tragedias e injusticias podemos esquivar -y aun negar- nuestras pequeñas y grandes iniquidades, miserias y pecados personales. Este es un tiempo propicio para calar hondo y darnos una nueva oportunidad de corregir lo torcido, vivir en plenitud y ser auténticamente cristianos. Si nos decidimos, entenderemos porqué el Santo Padre afirma que «en realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad».
El llamado a la conversión no es fácil; tampoco tiene una apariencia cautivante, pero la recompensa es mucha y fructífera. Si no somos capaces de vivir en su sentido verdadero nuestra condición de pecadores salvados nos pueden venir muchas dificultades: una vida falsa basada en el regodeo de nuestras inconsistencias. Es verdad que la resistencia a entrar en un tiempo de penitencia y oración es favorecida por nuestra cultura, invadida por un positivismo ingenuo, por la tendencia irresponsable de no querer asumir nuestras responsabilidades, por una vida moral hecha “a la carta”, prescindiendo de las sugerencias objetivas que la Iglesia nos propone y una especie de desilusión interior perpetua por no tener el valor de arriesgarnos a solucionar ciertas adicciones que nos angustian.
Vivir en serio la experiencia espiritual de la cuaresma no es una cuestión del más o del menos, sino del todo o del nada. En ella nos jugamos nada menos que la experiencia de nuestra redención y de nuestra colaboración con ella. Si tenemos el coraje de desear y pedir una conversión a Dios, la cuaresma nos permitirá ser más realistas, dando nombre y apellido a nuestras dificultades. Más humildes, si aceptamos nuestra autosuficiencia y nos abrimos a la absoluta necesidad de la gracia. Más responsables, si superamos nuestra pueril tendencia a ver la culpa sólo en los demás. Más solidarios, si logramos ser menos inclinados a la crítica destructiva y más compasivos si logramos descubrir nuestra pequeñez y debilidad. Más atrevidos para corregir aquellas actitudes que ocasionan tanto daño pero que no nos resulta fácil reconocer y, menos aún, aceptar.
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