17 marzo 2010
ENTRE LA INDIFERENCIA Y EL OLVIDO
Posted by P. Pedro Ayala | 17 marzo 2010 | Category:
P. Emilio,
Sacerdocio
|
P. Emilio González Magaña. SJ
Cuando el sacerdote ha vivido en plenitud su ministerio, la vejez no es -ni debería ser-, un triste y duro sobrevivir, precisamente porque su ancianidad es preciosa para él mismo y para toda la comunidad cristiana. Al igual que todo individuo, ha de buscar y encontrar en cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de servir y de amar. Sin embargo, la diócesis o la congregación religiosa a la que pertenecen deberían poner los medios para lograrlo de modo tal que estos hermanos no se sintieran tratados como simples trastos viejos. En el N° 13 de la Exhortación Apostólica Pastores dabo Vobis de S. S. Juan Pablo II nos enseña cómo «Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro perfecto y definitivo del sacerdocio de la Nueva alianza. Esto lo ha hecho en su vida terrena, pero sobre todo en el acontecimiento central de su pasión, muerte y resurrección».
Uno de los retos que se plantea la Iglesia en nuestros días es favorecer una auténtica formación permanente que permita preparar al sacerdote a vivir de una manera especial su sacerdocio en Cristo en el momento crucial de su vida: el de su pasión, muerte y resurrección. La realidad parece mostrarnos como si la sociedad moderna rechazase o buscase marginar a los ancianos. Este deseo de alejamiento, estas actitudes de indiferencia, de olvido o, incluso, de rechazo, comienzan a nivel de esa unidad fundamental de la sociedad que es la célula familiar. Es urgente reflexionar seriamente sobre el puesto de los ancianos en el seno de la familia, la sociedad, las Diócesis y las congregaciones religiosas que no están exentas de esta tendencia. A este respecto se ha pronunciado también el Papa Juan Pablo II: «La sociedad contemporánea niega a los ancianos un espacio adecuado sea en el seno de las familias, que se han transformado de patriarcales en nucleares o esenciales, sea en el seno de las estructuras públicas, las cuales los relegan a un estado de marginación, en nombre de un eficientismo productivo».
Uno de los retos que se plantea la Iglesia en nuestros días es favorecer una auténtica formación permanente que permita preparar al sacerdote a vivir de una manera especial su sacerdocio en Cristo en el momento crucial de su vida: el de su pasión, muerte y resurrección. La realidad parece mostrarnos como si la sociedad moderna rechazase o buscase marginar a los ancianos. Este deseo de alejamiento, estas actitudes de indiferencia, de olvido o, incluso, de rechazo, comienzan a nivel de esa unidad fundamental de la sociedad que es la célula familiar. Es urgente reflexionar seriamente sobre el puesto de los ancianos en el seno de la familia, la sociedad, las Diócesis y las congregaciones religiosas que no están exentas de esta tendencia. A este respecto se ha pronunciado también el Papa Juan Pablo II: «La sociedad contemporánea niega a los ancianos un espacio adecuado sea en el seno de las familias, que se han transformado de patriarcales en nucleares o esenciales, sea en el seno de las estructuras públicas, las cuales los relegan a un estado de marginación, en nombre de un eficientismo productivo».
De esta manera surge en el ánimo del anciano la triste impresión de ser un hombre inútil a sí mismo y a los demás. Es justo y necesario, por tanto, que nos planteemos una espiritualidad del sacerdote anciano; es decir, cómo puede y debe vivir un presbítero su espiritualidad sacerdotal en una ancianidad que -como expresa el Pontificio Consejo para los Laicos – debe estar caracterizada por la espiritualidad de ese continuo renacer que Jesús mismo indica al anciano Nicodemo, invitándolo a que no se deje detener por la vejez y se empeñe a renacer, en el Espíritu, a una vida siempre nueva, llena de esperanza, porque «lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es espiritual» (Jn 3,5)130. La sociedad contemporánea asiste a una dimensión numérica nunca vista de sacerdotes mayores. El envejecimiento, entre sacerdotes y consagrados, ha adquirido un relieve especial tanto por la disminución de nuevas vocaciones como por los progresos de la medicina.
Esto comporta que también a nivel pastoral las dificultades se hagan notar, pues la complejidad de las nuevas tareas pastorales exigiría, por el contrario, un mayor número de pastores de almas. Por parte de la Iglesia existe también la responsabilidad, respecto a los sacerdotes ancianos, de ayudarles a captar el sentido de la edad, a apreciar sus propios recursos y así superar la tentación del rechazo, del autoaislamiento, de la resignación a un sentimiento de inutilidad y aun de desesperación. Muchos sacerdotes ancianos experimentan frecuentemente un cierto desempleo activo y una cierta marginación, favorecida por los sacerdotes más jóvenes que quieren destacar u ocupar puestos de “mayor relevancia”. Hay que descubrir en ellos, y ayudarles a descubrir, las posibilidades positivas que este momento existencial les ofrece para el cumplimiento de su misión.
Resulta urgente repensar el papel del sacerdote anciano, pues corre el riesgo de perder su identidad y su reconocimiento no sólo en la sociedad civil, sino también en el seno de la misma comunidad cristiana. No es extraño que el Pontificio Consejo para los Laicos haya señalado que «la situación actual -en no pocos sentidos inédita- interpela, en todo caso, a la Iglesia, a que emprenda una revisión de la pastoral de la tercera y la cuarta edad [...] para estimular a los ancianos a que den su propia aportación a la misión de la Iglesia y para ayudarles a lograr un especial beneficio espiritual gracias a su participación activa en la vida de la comunidad eclesial». ¿No será ésta -también paradójicamente- una nueva e inesperada posibilidad para que la Iglesia haga un examen de conciencia ad intra y no sólo promueva la evangelización y la renovación de la vida eclesial ad extra?
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