25 marzo 2010

EN RECUERDO DEL OBISPO MÁRTIR

Posted by P. Pedro Ayala | 25 marzo 2010 | Category: |

P. Emilio González Magaña SJ

A propósito del Año Sacerdotal, me parece que podemos emular el ejemplo de Mons. Oscar Arnulfo Romero, especialmente ahora que recordamos el 30° aniversario de su martirio. No está de más reflexionar cómo el Obispo salvadoreño supo ser testigo y profeta siguiendo cercana y apasionadamente a Jesús y -como Él- dio la vida por sus ovejas y por ser fiel a su predicación y misión. Sin duda alguna, uno de los aspectos que más llaman la atención del testimonio de Mons. Óscar Arnulfo Romero es, precisamente, la coherencia entre sus palabras y sus hechos, basada en la Eucaristía como el principio fundamental de su vida. Destaco algunos textos de sus homilías del pastor asesinado que nos permiten atisbar la profundidad espiritual con la que el pastor vivió su misión y que lo llevó –como a Jesús- a entregar su vida. Mons. Romero vivió y murió con la convicción de que la Eucaristía «es nuestra principal misión, pero dándole a la Eucaristía todo el sentido, no sólo de repartir hostias consagradas, sino lo que significa redimir un pueblo, salvar a los hombres para que al venir a comulgar sientan que de verdad se van promoviendo»  Y añadía, es nuestra principal misión “hasta la muerte” . Su muerte violenta mientras celebraba el banquete eucarístico fue una confirmación de que el Señor le había aceptado la palabra.
 
Mons. Romero vivió desde la más absoluta convicción de que solamente con la Eucaristía se le puede dar al Señor «el homenaje que le puede a él reparar» . Sin embargo, no se puede celebrar si no existe la plena conciencia de que «la misa es plegaria, la misa es santidad de oración, la misa es sacrificio de Cristo que se aplica a una intención concreta [...] la misa es el dolor de Cristo, en el calvario, junto con María su Madre bendita, que se hace signo, redención…» . Es impresionante descubrir cómo, en los momentos de más sufrimiento e incomprensión, apela al carácter festivo y gozoso de la Eucaristía. La presenta como un momento especial donde se transforma en motivo continuo de «optimismo de unos hombres y de unas mujeres que saben que están siguiendo -aún en medio de la oscuridad y de la confusión de nuestra historia- la luz luminosa de Cristo, vida eterna» .

Como parte de su incansable labor de catequesis, invitaba al pueblo a colocar en el altar «toda la esperanza, toda la aflicción, todas las angustias y las alegrías, todo lo que significa la presencia de todos ustedes. Cuantas cosas trae cada uno en su propio corazón. Yo traigo las mías también» . La Eucaristía es, asimismo, una oportunidad de hacer creíble la esperanza, especialmente en momentos de dificultad, de crisis y aun de muerte por lo que, insistía que al levantar la Hostia en la misa, se enciende la esperanza del pueblo «que camina al encuentro del Señor. La muerte no es fin, la muerte es abrirse a esa puerta de eternidad» , porque pueden ver que «Cristo no se siente extraño, Cristo, también un torturado; Cristo también un ajusticiado en injusticias; Cristo un inocente muerto en crimen; Cristo, el gran liberador, le está dando sentido a tanta muerte, a tanto cadáver, a tanta sangre y sin duda que santifica con esa perspectiva de vida eterna y de esperanza: “tomad y comed esto es mi cuerpo, esta es la sangre de la alianza nueva» .

La Eucaristía lo preparó para el momento supremo en el que, con el sacrificio de su vida, dio perfecto testimonio de que vivió hasta la muerte la fuerza y convicción de su predicación. Minutos antes de su sacrificio, con unas cuantas palabras pronunció la síntesis de una vida verdaderamente eucarística, preparada y dispuesta a la inmolación. Palabras que se convirtieron en su testamento pues, cuando sus asesinos preparaban sus armas y, tal vez lo estaban escuchando, afirmó apasionadamente: «Con fe cristiana parece que en este momento la voz de la diatriba se convierte en el cuerpo del Señor que se ofreció por la redención del mundo y que en ese cáliz el vino se transforma en la sangre que fue precio de la salvación. Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres, nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo».

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