15 mayo 2010
¿Qué pasa con los maestros?
Posted by P. Pedro Ayala | 15 mayo 2010 | Category:
Actualidad,
Jornada mundial de la comunicación social
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P. Jaime Emilio González Magaña. S.J.
Con el pasar del tiempo, constato que me resulta simplemente imposible olvidar a mis maestros. Mujeres y hombres sencillos y honestos que me enseñaron a amar y respetar a mi país, a mis mayores y que ratificaron la educación que recibía en casa con el ejemplo diario de mis padres. No recuerdo momentos en los que haya habido contradicción en la enseñanza de abnegación, amor y fidelidad, de profundo respeto a mí mismo y a los demás que cotidianamente veía en mi familia y los valores que contagiaban aquellas personalidades entrañables. Todos ellos supieron animarme a dar lo mejor de mí mismo, con sus palabras, su testimonio, su sabiduría y su cariño. Y al recordarlos me pregunto ¿por qué será que algunos perciben que ya los maestros no son como antes? ¿Será que también ellos se han dejado corromper por las tendencias de este mundo superficial y comodino? Confío sinceramente que esta percepción esté equivocada porque yo conozco a algunos profesores que son ejemplares.
Sin embargo, algo ha de haber de verdad cuando el mismo Papa ha manifestado su preocupación y no ha dejado de urgir a una reflexión profunda pues afirma que estamos viviendo una “emergencia educativa”. Ha sido muy importante la carta que escribió el 21 de Enero de 2008 a la Diócesis y a la ciudad de Roma sobre lo que llamó “la tarea urgente de la educación”. En la misiva expresaba su preocupación por el problema de la educación de los niños, adolescentes y jóvenes. La gran «emergencia educativa» -decía- «ha sido confirmada por los fracasos que encuentran con demasiada frecuencia nuestros esfuerzos por formar persona sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia vida... Se habla, además de una “fractura entre las generaciones”, que ciertamente existe y tiene su peso, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y de valores».
Parece como si algo se hubiera roto y hubiésemos perdido el respeto a los maestros que no solamente nos transmiten el saber intelectual sino que, en muchos de los casos, son auténticos formadores en la más amplia acepción del término. Muchas veces, cuando experimento las dificultades con los “mejores sacerdotes” que han sido enviados a Roma para formarse como pastores de su pueblo, me imagino cómo será la vida de quienes tienen que enfrentarse a los airados padres que no soportan que un buen maestro les llame la atención a sus hijos displicentes, majaderos y por añadidura, flojos. Me da la impresión de que hay que pedir perdón por anticipado cuando se les pide que estudien, que se esfuercen y den lo mejor de sí mismos. En muchas ocasiones he hecho mía la invitación del Santo Padre cuando nos dice « ¡No tengáis miedo! ante todas las dificultades que, de hecho, no son insuperables».
Me parecería muy digno celebrar y honrar a nuestros maestros en México animándolos a no caer en la tentación de la mediocridad y seguirse esforzando en bien de nuestra patria en la persona de los niños y jóvenes. Especialmente ahora «cuando se tambalean los cimientos y faltan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores se siente de manera urgente: en concreto, aumenta hoy la exigencia de una educación que sea realmente tal. La piden los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la piden tantos maestros, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la pide la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las mismas bases de la convivencia; la piden en su intimidad los mimos muchachos y jóvenes, que no quieren quedar abandonados ante los desafíos de la vida».
Ahora que resulta difícil encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Cuando aparentemente resultaría más fácil vivir en la anarquía, hay que tener valor para educar con la conciencia de que -como lo afirma Benedicto XVI-, «sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día tras día en pequeñas cosas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro […] tenemos que aceptar por tanto el riesgo de la libertad, permaneciendo siempre atentos a ayudar a los jóvenes a corregir ideas o decisiones equivocadas. Lo que nunca tenemos que hacer es apoyarles en los errores, fingir que no los vemos, o peor aún compartirlos, como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano».
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