31 mayo 2010

Sacerdotes ¿ángeles o demonios?

Posted by P. Pedro Ayala | 31 mayo 2010 | Category: |

P. Jaime Emilio González Magaña S.J.

A unos pocos días de que termine el Año Sacerdotal, reflexionaba sobre el perfil del sacerdote en nuestra sociedad actual y constaté -con no poco estupor- que no parece haber medias tintas: o somos ángeles o somos demonios. Pareciera como si ya fuese comúnmente aceptado que la gente hable mal de nosotros, como si todos fuéramos unos seres perversos, desquiciados, borrachos, dinereros, pedófilos o pervertidos. Con enorme tristeza descubro que en algunos ambientes hay una tendencia a presentar el sacerdocio como si estuviéramos en plena devaluación, casi en vías de extinción. Aunque también hay que decirlo, algunos sacerdotes son todavía alabados hasta la exageración, quizá por el cariño que les tiene su pueblo o tal vez porque su amor opaca los errores que hayan podido cometer. Esta ambigüedad nos obliga a andar con pies de plomo para sabernos mover en una sociedad que tiende a rechazarnos aun sin conocernos.

Reconociendo que nos hemos equivocado,  me parecería de mínima justicia buscar un término para expresar adecuadamente lo que es un sacerdote porque es obvio que no somos ni ángeles ni demonios. Somos seres humanos con una mezcla tremendamente humana de pecado, pero también de gracia. Somos barro débil y, sin embargo, podemos ser fortaleza que robustece a otros. Hemos sido escándalo pero, una que otra vez, generosos y entregados. En ocasiones nos gana el egoísmo, pero algunos han sido fieles hasta el sacrificio y la muerte. Hemos empañado nuestro ministerio con envidias, celos y rivalidades, pero también sabemos ser fieles a la amistad. Podemos ser fuente de contradicción continua y gustar del dinero y el poder; pero muchos han optado por los más necesitados y han sabido dar la vida por ellos. Es muy fácil que la gente se olvide de todo esto y lleguen a expresar juicios inflexibles y a condenar sin misericordia. Esto es una lástima porque no somos ni absolutamente negros ni completamente blancos… nuestra vida es una mezcla de blancuras y negruras.

Me gustaría saber si existe un justo medio para relacionarnos con los demás. Porque, si somos muy alegres, nos tachan de extrema ligereza. Si somos serios, nos acusan de ser fríos, arrogantes y lejanos. Si comprendemos el mundo de hoy nos culparán de ser muy liberales. Si guardamos las formas seremos juzgados como conservadores a ultranza. Si citamos el Magisterio de la Iglesia, opinarán que somos clericales ridículos; si lo omitimos, nos rehuirán por laxos y peligrosos. Qué bueno sería que los demás nos vieran a cada uno con una personalidad propia, con la debida confianza, sí, pero también con respeto; con una cierta distancia pero no sin interés. Con sinceridad para decirnos nuestros errores, pero también con un poco de amistad y cariño. Con enorme lucidez en su artículo «Sobre los curas ambivalentes» el jesuita Norberto Alcover ha afirmado: «… sospechad del cura absolutamente extremoso. Digo que si un cura para nada es humano, malo. Digo que si un cura para nada es cristiano, malo. Digo que si pretende ocultar su identidad, malo. Digo que si pretende imponer esa misma identidad, malo».

Tenemos un mínimo derecho a que se nos juzgue según nuestras acciones y nos den oportunidad de que cada uno sea como es: algunos más afables y cercanos; otros más intelectuales y reflexivos. Los habrá más extrovertidos y simpáticos; otros más tímidos y retraídos. Algunos activos y eficaces; otros más limitados. Algunos serán más tradicionales y conservadores; otros más progresistas y arriesgados. Ciertamente los hay espirituales y piadosos; otros más humanistas y comprometidos. Unos podrán caer mejor; a otros nos será más difícil agradar. De lo que no dudo ni puedo dudar es que cuando amamos nuestro ministerio intentamos actuar de buena fe a sabiendas de que es imposible complacer a todos. Qué razón tenía el P. Pedro Arrupe S, J., Superior General de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1983, cuando dirigiéndose a un joven que quisiera ser jesuita le decía: « Quédate en tu casa si esta idea te pone inquieto y nervioso. No vengas a nosotros si es que amas a la Iglesia como a una madrastra y no como a una madre; no vengas si piensas que con ello vas a hacer un favor a la Compañía de Jesús. Ven si para ti el servicio a Cristo es el centro de tu vida. Ven si tienes unas espaldas anchas suficientemente fuertes, un espíritu abierto, una mente razonablemente abierta y un corazón más grande que el mundo. Ven si sabes ser bromista y reírte con otros y, en ocasiones…  reírte de ti mismo».

Currently have 0 comentarios:


Leave a Reply

Gracias por tu visita, por favor deja tu comentario