13 junio 2010
P. Emilio González Magaña S.J.
Ahora bien, este testimonio no es posible sin el consuelo y la ayuda de la gracia de Dios. Sería iluso suponer que solamente con nuestras fuerzas humanas saldremos adelante. El pueblo de Dios tiene derecho a que sus sacerdotes sean “hombres de Dios”, no meros funcionarios o mercenarios que lucran con los sacramentos. Ante la magnitud de la misión, nuestro testimonio tiene que ser el de una vida santa, coherente con lo que decimos profesar y predicamos continuamente; tratando de llevar una vida fraterna y solidaria y no como si la Iglesia fuese un club en el que hay diversas facciones, rivalidades y envidias. En más de una ocasión, el Santo Padre nos ha llamado a vivir desde una vida austera y coherente con nuestro pueblo que, en muchísimos casos, sufre desempleo y hambre. Creo que no deberíamos tener tanto miedo al martirio cotidiano, asumiendo, como dice Paolo Martinelli que «se es mártir no porque se muere, sino porque se testimonia la verdad evangélica hasta la muerte».
Los medios de comunicación han magnificado los escándalos de pedofilia y abusos sexuales de algunos hermanos sacerdotes. Sin embargo, hay otras inmoralidades de las que deberíamos tener mucho cuidado. Me refiero a esos momentos en los que nos destruimos con chismes, con celos, con envidias, cuando no nos cuidamos las espaldas; cuando creemos que somos mejores y hablamos mal de otros sacerdotes, especialmente cuando no están presentes y, obviamente, no se pueden defender. Para que nuestro ministerio sea convincente, tenemos el reto de predicar el evangelio de la cruz, lo cual no será posible si no nos hemos preparado para una aceptación serena y tranquila de la vía evangélica de la humildad, rechazando la mentalidad del mundo, el prestigio personal, la ambición, el éxito, el poder, la lucha por las parroquias que más reditúan económicamente, etc. La vía evangélica de la pobreza, para ser abierto, acogedor, disponible, leal, honesto, limpio, veraz y confiar totalmente en el Señor.
Pero dicha pobreza no debe ser sólo una actitud interior, sino debería manifestarse también en lo externo. Tal vez con automóviles menos ostentosos, con casas más austeras, con más amistades entre los que menos tienen, ya sea en poder económico, social o político. La ley evangélica del amor, abriéndose, arriesgándose, cansándose por los hermanos desde la caridad pastoral y el servicio al estilo de Jesús. La ley evangélica de la semilla, cuando no tengamos miedo a morir como Cristo para que los otros tengan vida. Silenciosamente inmolados a Dios desde la soledad de un confesonario, visitando a los enfermos, haciéndonos amigos de los más pobres que no nos invitarán a restaurantes caros, etc. Tal vez hasta podamos animar a algunos jóvenes a seguir nuestra vocación porque, desde ella, queremos indicar a otros la tierra prometida y luego aceptar serenamente los fracasos, las humillaciones, muchos momentos de inutilidad y de incomprensión, que ciertamente vendrán si asumimos nuestro ministerio al estilo de Cristo. Dios quiera que no nos dé miedo la posibilidad del sufrimiento por las propias ideas e iniciativas, porque solamente teniendo en cuenta que del sufrimiento y la muerte nace la vida, podremos abrazarnos a la cruz que tanto duele y que tanto evitamos. Finalmente, la vía evangélica de la kénosis, es decir, tener el coraje de despojarnos de todo lo que no sea de Dios porque, sólo así, podremos hacer a un lado nuestra humana tendencia a comprometernos con las potencias que gobiernan este mundo y el pavor de ponernos de parte de los más necesitados porque ellos no nos darán ni prestigio, ni carrera, ni siquiera un nombre.
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