22 junio 2010
P. Emilio González Magaña S.J.
Aun cuando no fue la primera vez que lo ha afirmado enfáticamente, llamó profundamente la atención el hecho de que, precisamente en la clausura del Año Sacerdotal, el Papa Benedicto XVI haya reiterado que no es casualidad que el escándalo de los abusos a menores por parte de miembros del clero haya estallado precisamente ahora. Sabiendo también que el enemigo -que nos conoce perfectamente-, aprovecha cualquier oportunidad para hacernos daño, el Santo Padre lo ha considerado «como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios» del sacerdocio. Contrario a los deseos del Santo Padre, algunos grupos eclesiales invitaron a los miles de sacerdotes a manifestar su «apoyo al Papa» y, lejos de lo que era el objetivo de la celebración en el día del Sagrado Corazón de Jesús, algunos favorecieron un ambiente de triunfalismo en lo que ha sido la concelebración eucarística más grande de los últimos tiempos, al menos en Roma. Fiel a su naturaleza de hombre de Dios y de Pontífice que ha decidido limpiar la imagen de la Iglesia, liberándola de miedos y compromisos adquiridos, el Papa se refirió a los tristes acontecimientos, afirmando que «era de esperar que al 'enemigo' no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo». Y añadió «así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario». Y, sin ningún tapujo, como un verdadero profeta, reiteró su petición de perdón «a Dios y a las personas afectadas», y aseguró que se hará «todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás», vigilando más las admisiones al seminario y «acompañando aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida».
Lejos de favorecer triunfalismos y clericalismos anacrónicos, Benedicto XVI recordó que el motivo fundamental de la convocación ha sido para que no olvidemos que el sacerdocio es «un don de Dios». Por lo tanto, llamó la atención a lo esencial y expresó: «si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos». Por lo tanto, no podemos quedarnos en manifestaciones superficiales que pueden vaciar de contenido lo que se ha experimentado en estos últimos meses. No ha sido fácil, es verdad, por lo que se nos invita a internalizar el hecho de que el ministerio sacerdotal es un don que «se da en vasijas de barro» y a pesar de ello Dios «una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo». Lo fundamental, como lo he manifestado siempre, es tener bien presente, como lo ha ratificado Su Santidad que «el sacerdocio no es un simple 'oficio', sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor».
No se puede concebir un ministerio sacerdotal vivido sin un apasionado deseo de la esperanza en un mundo desilusionado, carente de sentido, con fuertes signos de depresión y neurosis. Frente a este reto -como dirá Pedro Ortega Campos-: «mientras hacemos el camino de la espera y de la esperanza, el mañana del mundo pertenecerá con toda seguridad a los que proporcionen a la tierra – incluso desde la tierra – una brizna de esperanza». Porque lo que el mundo espera, particularmente en este tercer milenio, no son muchas doctrinas, sino testimonios creíbles de amor por la verdad y por la vida; hechos más que palabras. De este modo, como continuador de la obra de la redención, el sacerdote tiene la tarea de levantar al ser humano caído y llevarlo a la plena filiación con Dios. En el ministerio recibido, reside la fuerza de la esperanza y la posibilidad de realizarla. Pero, si estando llamado a ser ministro de la esperanza, no cree en la posibilidad de redención del hombre, no acepta el llamado a la purificación y a la penitencia y, por lo tanto, no se dedica con todo su empeño a su misión, el sacerdote será un frustrado eternamente.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


Currently have 0 comentarios: