07 julio 2010
P. Emilio González Magana S.J.
Hace dos semanas llegué a la otrora hermosa Ciudad de Saigón, convertida ahora por el régimen comunista de Viet Nam en la caótica Ho Chi Minh City. Una población de diez millones de habitantes que se debate entre las contradicciones propias de un régimen que, poco a poco, se va abriendo a un capitalismo sincrético incrementando aún más las injusticias en una sociedad supuestamente igualitaria y el deseo de poder vivir un futuro mejor. Como en otras ocasiones, infinitamente más de lo que yo puedo compartir con los novicios jesuitas en los cursos que doy, aprendo de ellos en sus deseos más puros de seguir al Señor, Dios Eterno, desde la espiritualidad propia de la Compañía de Jesús. Este año, me ha llamado especialmente la atención la recurrencia del tema de la esperanza y cómo los jóvenes vietnamitas creen en que su trabajo puede, verdaderamente, cambiar a su país. Son jóvenes que todavía se fían de sus sueños por construir una sociedad justa y libre donde se puede vivir como hermanos, con la dignidad propia de los hijos del mismo Dios. Y el tema me resulta especialmente interesante porque, con el paso de los años, he visto cómo muchos jóvenes han cedido a la tentación de creer que “han madurado” y, consiguientemente, afirman que los sueños de otros tiempos, a propósito de construir un mundo mejor, no eran más que eso..., sueños. La mayoría ha terminado una carrera, tiene una familia, una buena casa; algunos son dueños de los negocios que han heredado de su familia. Gozan de un nombre o un prestigio que cuidar por lo que, obviamente, han olvidado lo que ansiaban lograr cuando eran jóvenes. Pocos son los que, con no poca nostalgia, reconocen que aquéllos, aun siendo sueños, cuando menos eran hermosos y que, en medio del éxito de este mundo, los echan un poco de menos. Y, aunque me duele, no me extraña porque esa es, precisamente, la trampa de los poderes de este mundo.
El contacto cercano con los jóvenes vietamitas y su realidad de control y opresión me hizo recordar una reflexión que usaba frecuentemente mi amigo Martín Descalzo en la que hacía uso de una cita que llegó a ser decisiva en su misión como sacerdote y periodista. Insistía en el énfasis con el que el Doctor Schweitzer advertía, ya desde los años setenta, que esto podría suceder a una juventud que, aun siendo honesta en sus deseos, no puede resistir a las tentaciones de una sociedad consumista como la nuestra. La cita reza así: «Lo que comúnmente nos hemos acostumbrado a ver con madurez en el hombre es, en realidad, una resignada sensatez. Uno se va adaptando al modelo impuesto por los demás al ir renunciando poco a poco a las ideas y convicciones que le fueron más caras en la juventud. Uno creía en la victoria de la verdad, pero ya no cree. Uno luchaba por la justicia y ha cesado de luchar por ella. Uno confiaba en el poder de la bondad y del espíritu pacífico, pero ya no confía. Era capaz de entusiasmos, ya no lo es. Para poder navegar mejor entre los peligros y las tormentas de la vida se ha visto obligado a aligerar su embarcación. Y ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables. Pero que eran justamente sus provisiones y sus reservas de agua. Ahora navega, sin duda con mayor agilidad y menos peso, pero se muere de hambre y de sed».
Quizá nos duela aceptarlo, mas no podemos negar la terrible verdad que encierran las anteriores palabras si lo constatamos cotidianamente en el modo como los matrimonios van perdiendo el amor del principio; cuando los sacerdotes nos vamos instalando en una vida cómoda y simplona; cuando los jóvenes tienen miedo a crecer, precisamente para no caer en la vida absurda y monótona que ven en nosotros los adultos. ¿Por qué será que cuando nos vamos haciendo viejos abandonamos nuestros mejores sueños, nuestros mejores deseos e ideales? ¿Acaso eso que llamamos madurez lo hemos identificado con el inevitable envejecimiento o tal vez la antesala de la muerte? ¿O significa que abandonamos nuestros ideales porque no tenemos el coraje de aceptar que hemos caído en una terible y espantosa mediocridad? O lo que es peor, que en medio de esa mediocridad, ni siquiera nos damos cuenta que vivimos como si estuviéramos muertos en vida.
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