24 julio 2010

¿Por qué tenía que morir sola?

Posted by P. Pedro Ayala | 24 julio 2010 | Category: |

P. Jaime Emilio González Magaña.
El pasado 29 de junio, murió la mamá del Padre Vũ Quang Trung, Thomas, Provincial Jesuita de Viet Nam y con la comunidad del Noviciado nos hicimos presentes para presentar nuestras condolencias a su familia. El hecho mismo de llegar al pueblo donde se realizó el funeral fue un acontecimiento único: ríos caudalosos, enormes plantíos de arroz, selvas que me hicieron recordar - muy tontamente, lo reconozo- las películas en las que los Estados Unidos se presentaban como héroes en una encarnizada lucha contra un pobre pueblo que se opuso a sus deseos hegemónicos de ser la policía del mundo. La ceremonia fue hermosamente densa, no exenta del dolor natural pero plena de significado por la diversidad de los símbolos que animaban a los familiares a recordar la enseñanza de la mujer, esposa y madre muerta en un intento por vivir la vida como ella había deseado.
La señora María era una pequeñita anciana de casi noventa anos. Su esposo, Vũ Quang Trug, Anthony, delgado y con una larga barba blanca, semejaba un gurú sabio y sereno en medio de la terrible desgracia de perder a su esposa despues de setenta años de casados. Solamente lo vi llorar cuando su hijo -el Padre Provincial-, decía en su homilía que usaba el ornamento que su madre le había bordado, precisamente para cuando él celebrara su funeral. Fue entonces cuando, con voz entrecortada, repetía: “¿Por qué tenía que morir sola?”. Su esposa había estado hospitalizada mucho tiempo y, ante lo irreversible del mal que la aquejaba, los médicos accedieron a su deseo de volver a casa. Era evidente que la señora María sólo esperaba ese momento pues mientras sus hijas le arreglaban una habitación en la que pudiera estar más cómoda, volvió al Padre calladamente, sin molestar a nadie. Quería irse para siempre en su cama y emprender el viaje sin retorno en donde había dado a luz a algunos de sus trece hijos, en donde fue mujer y esposa de quien ahora la lloraba tanto. Y es que la vida es así... vivimos juntos para morir solos.
Si tan sólo pudiéramos saber cuándo nos iremos. Si pudiéramos prevenir a nuestros seres más queridos y evitarles el dolor de llegar a casa y encontrarnos muertos. No he podido menos que recordar la despedida de mis padres. La muerte de mi padre fue como un golpe inesperado, seco, sordo y repentino. Mi madre se fue despidiendo en una larga y lenta agonía, como si hubiese querido aprovechar cada instante para darnos sus lecciones de vida hasta el último suspiro... No puedo dejar de agradecer a mis hermanos Chelo y Adolfo quienes estuvieron siempre presentes en el momento en que mis padres más los necesitaron. Ellos dos amortajaron al padre, en medio de la noche y la angustia indescriptible de tocar su cuerpo frío. Ellos dos acompañaron a mi madre durante días interminables; una con diligencia y cuidados cotidianos; el otro, con sabiduría médica y la extraña sensación de que la muerte le iba arrebatando de las manos a la autora de su vida. Una, con sencillez y ternura; el otro con carácter y firmeza. Ella, con cansancio acumulado, sin poder prevenir lo que seguía; él, con la aplastante y machacona convicción de que, al menos desde la ciencia, nada se podía hacer ya y todo dependía de la voluntad de Dios, el dueño de la vida.
Cuando el presente hace más vivo el recuerdo, nuevamente me pregunto: ¿Por qué tenemos que esperar a que la muerte nos eche en cara que pudimos habernos amado más? ¿Por qué debemos esperar y decir lo mucho que nos necesitamos cuando ya es demasiado tarde? Tanto he hablado de la muerte al punto que le voy perdiendo el miedo y no sólo porque creo que Dios es vida sino porque mientras más pienso en ella, más me esfuerzo por vivir. Sé que la muerte se presentará cuando le dé la gana y me gustaría recibirla no como enemiga sino como cómplice compañera. No como amenaza, sino como acicate a que viva cada instante de mi vida y la de quienes más quiero... Sin embargo, es tan difícil aceptar que el tiempo se nos va de las manos sin darnos cuenta siquiera. Cuando el llanto del anciano esposo vietnamita vuelve a mi memoria, agradezco a Dios la presencia de mis hermanos en el trance doloroso de mi padre, solos en medio de la noche, ante la visita inesperada de la muerte. También recuerdo la despedida de la madre, en el centro de su habitacion, cual capilla habilitada para que, rodeada de todos sus hijos y hermanos pudiera reencontrase con su esposo y así, unidos para siempre, pudieran prepararnos un lugar asumiendo que la muerte no espera ni hace cita y se presenta siempre puntual e inoportuna.

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