14 agosto 2010

María, Estrella de la Esperanza

Posted by P. Pedro Ayala | 14 agosto 2010 | Category: |

En este día en el que celebramos la Asunción de María a los cielos valdría la pena reflexionar sobre el sentido de nuestra fe en la Madre de Jesús. La religión cristiana tiene un matiz cien por ciento personalista y antes de ser una doctrina es una persona a la que se adhiere: Cristo como nuestro único principio y fundamento, Hijo único de Dios,  el único Absoluto en quien depositamos nuestra fe, esperanza y amor. La doctrina es la expresión conceptual de esta Persona y la Iglesia es la institución en la que se desarrolla nuestra religión y, aun siendo una colectividad, tiene también un sello personal. Es la Esposa, la Madre de los fieles que se realiza e individualiza en personas. La Iglesia está en cada uno de los fieles, pero en diversos grados. María, la Madre de Cristo y nuestra Madre es la cristiana en quien la Iglesia se realiza en perfección; se encuentra como concentrada, abreviada y por eso la Tradición es constante en usar el paralelismo entre la Iglesia y María.

Primero fue Eva, la Esposa del Cantar de los Cantares, Judith, la Reina de los Patriarcas y de los Profetas... María es el vértice de la pirámide mesiánica formada por las Profecías del Antiguo Testamento. Todas las profecías de la historia del pueblo de Israel convergen en María. Ella es Madre como Sara (Hebr 11, 9-11) porque creyó en la Palabra de Dios (Lc 1, 45). Toda la razón de ser de Israel se realiza en María porque respondió “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38). No se vanaglorió de Vocación tan grande pues toda ella era piedad y gracia de Dios (Lc 1,45); representaba a la humanidad entera y a Israel, necesitados de redención (Ez 16). Porque Cristo nació de ella, es la nueva Eva y en ella se confunden las dos Alianzas; es fin de la antigua y principio de la nueva. María vivió y recorrió todas las etapas de la historia de la salvación: en su primer día mesiánico, Cristo evoca su Hora (Jn 2,4) y ahí está María que pide y obtiene el milagro de convertir el agua en vino (Jn 2,5-11). En su Hora, cuando brota sangre y agua de su costado (Jn 19,34), también ahí está María: la Iglesia vertical al pie de la cruz. María representa a la Iglesia, pero más aún, es su personificación misma; en sí contiene la santidad de toda la Iglesia.

Cuando no hacemos referencia a lo anterior, la devoción a María puede ser vivida “sólo” como la expresión de una necesidad de protección y ayuda poniendo de manifiesto un indudable valor como respuesta a las necesidades del corazón. Sin embargo, presenta también una fragilidad que se pone de manifiesto cuando se cultiva un infantilismo en el modo de vivir nuestra cercanía a la Madre de Jesús. Por lo tanto, es necesario insistir en que nuestro amor se cultive no solamente con prácticas ascéticas o devociones carentes de sentido, sino con un continuo llamado a asumir la presencia operante de la Señora del Cielo en nuestra vida cotidiana y en todas las actividades pastorales de la Iglesia en las que se quiere vivir el misterio de Cristo [Marialis Cultus 11.32.50.56]. O, como cuando el Concilio Vaticano II afirmaba que “La misión materna de María en la economía de la salvación que la Iglesia siempre ha profesado y delinea como actual en cuanto que continúa la misión que Dios asignó a maría en la historia de la redención [Lumen Gentium 62].

En esta tarea, los sacerdotes tenemos un tarea especial pues se nos ha pedido que “Con confianza filial, los sacerdotes amen y veneren a la Beatísima Virgen María quien, guiada por el Espíritu Santo, se consagró  plenamente al misterio de la redención humana” [Presbyterorum Ordinis, 18]. Esta situación fue ratificada por S. S. Juan Pablo II desde los inicios de su pontificado cuando afirmó: “Existe en el sacerdocio ministerial una dimensión estupenda y penetrante de la cercanía de la Madre de Cristo. Por lo tanto, tratemos de vivir en esta dimensión [Carta a los sacerdotes con ocación del  Jueves Santo de 1979]. Por su parte, el Papa Benedicto XVI la ha presentado como la Estrella de la Esperanza  y declara: “En la cruz, recibiste una nueva misión. A partir de la cruz fuiste madre en una forma nueva: madre de todos aquellos que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Murió la esperanza? ¿El mundo quedaba definitivamente sin luz, la vida sin ninguna meta? No, junto a la cruz, de acuerdo a la palabra de Jesús, te convertiste en madre de los creyentes. En esta fe, que incluso dentro de la oscuridad del Sábado Santo era certeza de la esperanza, fuiste al encuentro de la mañana de Pascua. La alegría de la resurrección ha tocado tu corazón y te ha unido de un modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en la familia de Jesús mediante la fe  [Spe salvi, 50].

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