01 septiembre 2010
El discernimiento de espíritus parte de un presupuesto teológico y de otro antropológico. El primero consiste, en primer lugar, en la certeza de que asumimos el plan de Dios como nuestro Principio y Fundamento, como nuestro criterio de orden. En segundo lugar, de la convicción de que Dios se comunica inmediatamente a la interioridad de la persona que quiere escuchar su voz y que está en disposición de dejarse encontrar por Él, como criterio de posibilidad. Y, en tercer término, es necesario reconocer que Cristo es el “objeto” del discernimiento, como criterio de fundamentación. El presupuesto antropológico es fruto de la conversión de la persona y la intuición del corazón convertido. La opción por Cristo y la decisión de seguir de acuerdo a sus criterios y su forma de vida, lo más íntima y radicalmente posible, no es objeto de discusión, sí, las concreciones prácticas e históricas de ese seguimiento libremente elegido.
Para discernir adecuadamente, es necesaria la mediación de un acompañante espiritual, de una comunidad y de la misma Iglesia. Aun cuando asumamos en nuestros días no es común que tengamos un acompañante o director espiritual, ya sea por los errores cometidos en el pasado, por una influencia negativa de la psicología y la sociología que sostienen que atenta contra nuestra libertad, es imprescindible que confrontemos nuestro discernimiento porque es muy fácil que nos auto engañemos y que sigamos a dioses falsos o a nosotros mismos. Confrontar nuestro camino con un buen confesor o director espiritual es signo de humildad del hombre muerto al apego de su juicio y, asimismo, es signo de la necesidad que tenemos de tener siempre una referencia eclesial que norme y guíe nuestras decisiones y acciones.
En una sociedad que nos seduce al individualismo, incluso cuando en la Iglesia existen algunos “francotiradores” que van “por la libre” sin ninguna referencia a la comunidad eclesial, el discernimiento favorece ser testimonio de que Dios y el hombre trabajan juntos. Permite actualizar continuamente el acto de fe de que es siempre Dios quien toma la iniciativa de salir al encuentro del hombre, de que es Él quien nos amó y eligió primero. Es, también, la oportunidad de hacer creíble un compromiso histórico de hacer cosas conducentes a una mayor receptividad espiritual. Discernir la vida “así”, favorece acceder a la sabiduría propia del discernimiento que es experiencial, intuitiva, afectiva y se sitúa en un momento determinado, aquí y ahora. De donde resulta que es la oportunidad de discernir si lo que hacemos está bien, o no y si nuestras decisiones están situadas históricamente, si son factibles, posibles, evaluables, coherentes con la propia historia y las decisiones y/o compromisos asumidos anteriormente y rectamente elegidos. De este modo, nuestra fe se hace historia concreta y nos permite encarnarnos en una Iglesia que nos necesita y nos exige respuestas, siempre siguiendo solamente a Jesús… hasta la cruz.


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