04 septiembre 2010
En mis reflexiones anteriores he hecho referencia a la necesidad de discernir nuestras acciones, decisiones y elecciones como un modo encarnado de vivir nuestra fe en el momento histórico que vivimos. Este discernimiento, sin embargo, no puede ser vivido en forma individualista porque continuamente estamos expuestos a caer en el auto engaño. Para confirmar y objetivar lo que Dios quiere de nosotros son siempre necesarias las mediaciones, en primer lugar de la comunidad eclesial en la que pongo en práctica mi fe, obviamente de la Iglesia misma a través de su Magisterio y, en tercer lugar, se hace imprescindible la participación de un buen director espiritual. Hay que asumir que el ministerio de la Dirección Espiritual cayó en desuso después del Concilio Vaticano II porque algunos, basándose supuestamente en disciplinas como la psicología o la sociología afirmaron que abrir la conciencia a otra persona atentaba contra nuestra interioridad y eso, en su opinión, iba en contra de los “derechos humanos”.
El Magisterio de la Iglesia nunca ha estado en contra de este ministerio, al contrario, en sus declaraciones recientes lo ha recomendado ampliamente para poder discernir lo que hacemos y poder verificar si esto coincide con lo que Dios quiere y espera de nosotros. Desde mi experiencia personal como jesuita y sacerdote, puedo afirmar que acompañar a otros en su camino de seguimiento al Señor, después de la celebración de la Eucaristía y la administración de los sacramentos de la salvación, es lo mejor que me pudo haber sucedido en mi vida. De todo hombre y mujer que se han acercado a mí, he aprendido algo que me ha ayudado a mejorar el desempeño de misión. Jamás me he enfrentado a alguna situación que el Señor no haya asumido, corregido y salvado. Tampoco he conocido ningún hermano que haya pedido mi ayuda mediante engaños, subterfugios o con una intención no recta.
El poder ser testigo del paso de Dios en la vida de los otros me ha permitido asumir mi situación real como pecador y salvado a la vez. Al mismo tiempo, he sido testigo de cómo Dios, el Señor, asume la condición de pecado, salva, rehabilita, acepta y envía a mis hermanos como colaboradores en la construcción de su Reino. El hecho de mostrarme disponible, a pesar de mis límites y debilidades, me ha ayudado a amar más mi vocación y por esta razón se ha fortalecido el deseo de ayudar a que otros la cuiden también y estar atento a los signos que Dios les da para continuar en su servicio. Como acompañante espiritual he descubierto con sorpresa los caminos de los que Dios se vale, en, con y desde la Iglesia, para descubrir los ardides y trampas del mal y me ha permitido estar junto a otros en su decisión de rechazarlos y estar atento para erradicarlos de raíz.
Dejarse acompañar y acompañar a otros consiste en un hermoso aunque difícil desafío del dejarse llevar. Se apoya en un ministerio recibido de la Tradición de la Iglesia que se sirve de la relación de ayuda pastoral personalizada para buscar el crecimiento integral de las personas en el seguimiento de Cristo. Aceptar el reto de dejarse llevar por otro implica asumir con admiración y sorpresa el modo como Dios, el Señor, que es Misterio, se hace presente en el misterio del hombre para ayudarlo a crecer en su tarea de ser plenamente hombre y descubrir el plan de salvación en su historia concreta. Hacerlo desde el sacerdocio, significa servir desde el mandato de la Iglesia como referente de la fe de la comunidad. Hacerlo como cristiano, quiere decir que asumo el riesgo de ser acompañado por otro en la apasionante búsqueda de la voluntad de Dios que me anima a vivir intensamente mi vida con el deseo explícito de renunciar a la mediocridad y el conformismo de una vida vacía.
El referente principal del acompañamiento espiritual, obviamente es Jesucristo, el Buen Pastor, cuyo paradigma es el hecho de que se deja reconocer por los discípulos de Emaús (Lc 24). El ministerio del acompañamiento nos anima a introducirnos en la vida y vicisitudes del peregrino con la única finalidad de dar a conocer el camino, la verdad y la vida verdadera que es Cristo. Este acompañamiento requiere la apertura total y transparente de quien se deja llevar y la certeza de que quien acompaña lo hace en nombre del Señor y, por lo tanto, se obliga al secreto absoluto y a una diligente y amorosa presencia en la vida de quien quiere buscar, hallar y sentir la voluntad de Dios en su vida concreta.
P. Jaime Emilio González Magaña S. J.
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