24 octubre 2010

SOY SACERDOTE PARA SIEMPRE

Posted by P. Pedro Ayala | 24 octubre 2010 | Category: |

P. Emilio González Magaña S.J.
Esta semana celebraré veintidós años de mi ordenación sacerdotal y agradezco al Señor que nunca me he acostumbrado al regalo que me hizo. Cuando me ayudaba en la preparación de la ceremonia, mi amigo, el Señor Obispo José Pablo Rovalo Azcué, insistía en que nunca debía conformarme a vivir la ordenación como si fuera una “meta”. Me exigía que nunca debería cruzarme de brazos y vivir mi sacerdocio como si fuera una simple función o me dedicara a ser un prestador de servicios interesado en ocupar puestos de renombre y de poder. Con el paso de los años y al reconocer cómo con la ayuda de muchísima gente, el Señor me ha permitido seguir en este camino, comprendo que vivir la vocación consiste en un avanzar continuamente hacia una maduración en el ministerio que solamente se va alcanzando en la medida que participe del Misterio Pascual de Cristo y, como Él, vaya haciendo mía su cruz para poder vivir y gozar plenamente de su resurrección.

Con un enorme sentimiento de gratitud por tantos sacerdotes, compañeros de camino, entiendo que ser servidor del pueblo de Dios es una aventura que me compromete para toda la vida. Qué terrible sería si creyera que por el hecho de haber recibido el sacramento del Orden pudiese vivir mi entrega con una relativa madurez. Ser sacerdote me ha enseñado a pedir continuamente el regalo del discernimiento para no equivocarme tanto en mis elecciones y decisiones. La ordenación ha sido un hecho que me ha marcado para toda la vida -es verdad-, pero fue solo un comienzo que me hizo consciente de que todo estaba por descubrirse, por construirse, por gozarse y, asimismo, por sufrirse. La vida cotidiana, con sus luces y sombras, me ha ayudado a creer que el ministerio sacerdotal, desde mi identidad de religioso jesuita, brota como fuente inagotable de la fe, la esperanza y el amor que provienen de Cristo, Buen Pastor. Todo es don de Dios y todo me ha sido dado para que Él crezca y yo disminuya.

El día de la ordenación sacerdotal me abandoné en las manos de Dios, en quien siempre he encontrado la verdad total. Fui y soy consciente de que solamente en el Corazón de Cristo puedo encontrar mi más plena identidad que me lanza a amar a la Iglesia y, desde la Compañía de Jesús, ofrecer a Dios el deseo de vivir y morir como jesuita, sacerdote. Mis padres, quienes me conocían mejor que nadie, sabían que era sólo el inicio, que debía limar asperezas innumerables y que necesitaba orar mucho para ser fiel. Mis hermanos y sobrinos, mis tíos y mis amigos lo saben también y por ello se siguen haciendo presentes, se solidarizan conmigo y se han comprometido a no dejarme caer jamás en la monotonía y mucho menos en la mediocridad. Ahora, a veintidós años de distancia, no puedo menos que bendecir el camino recorrido y explicitar de nuevo mi completo abandono en las manos de mi Padre Dios para lo que Él quiera concederme de vida. Sabe que estoy dispuesto a todo, que iré adonde Él quiera que vaya, como sea, con quien sea… sólo si Él me acompaña y me guía.

Día a día la convicción de mis límites es más nítida porque me voy haciendo viejo y las fuerzas me abandonan y entonces crece mucho más mi gratitud porque sé que, a pesar de mí mismo, Dios se sigue fiando de mi persona. Asumo con mayor conciencia la belleza de ser sacerdote y el enorme reto que implica seguir intentando la fidelidad como un vaso de barro en sus manos. Hace veintidós años ninguna página era escrita todavía y mi sacerdocio era como un libro en blanco en el que Dios podía escribir lo que quisiera. Con algunas cicatrices, con un cuerpo más viejo y cansado, quiero dejar que el Señor siga escribiendo en mí lo que le dé la gana. Experimento una inmensa necesidad de que Él establezca de nuevo su alianza; quiero ratificar mi deseo de serle fiel e intentar ser testigo y profeta de su amor hasta la muerte. Aun cuando mi vida refleja mi pecado, mi opacidad y mi debilidad como signos tangibles de

muerte que entorpecen la acción de Dios en mí, se acrecienta mi deseo de compartir mi acción de gracias porque no puedo menos que gritar el inmenso gozo de ser sacerdote para siempre.

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