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04 septiembre 2010
El reto de dejarse llevar
Posted by P. Pedro Ayala | 04 septiembre 2010 | Category:
P. Emilio
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En mis reflexiones anteriores he hecho referencia a la necesidad de discernir nuestras acciones, decisiones y elecciones como un modo encarnado de vivir nuestra fe en el momento histórico que vivimos. Este discernimiento, sin embargo, no puede ser vivido en forma individualista porque continuamente estamos expuestos a caer en el auto engaño. Para confirmar y objetivar lo que Dios quiere de nosotros son siempre necesarias las mediaciones, en primer lugar de la comunidad eclesial en la que pongo en práctica mi fe, obviamente de la Iglesia misma a través de su Magisterio y, en tercer lugar, se hace imprescindible la participación de un buen director espiritual. Hay que asumir que el ministerio de la Dirección Espiritual cayó en desuso después del Concilio Vaticano II porque algunos, basándose supuestamente en disciplinas como la psicología o la sociología afirmaron que abrir la conciencia a otra persona atentaba contra nuestra interioridad y eso, en su opinión, iba en contra de los “derechos humanos”.
El Magisterio de la Iglesia nunca ha estado en contra de este ministerio, al contrario, en sus declaraciones recientes lo ha recomendado ampliamente para poder discernir lo que hacemos y poder verificar si esto coincide con lo que Dios quiere y espera de nosotros. Desde mi experiencia personal como jesuita y sacerdote, puedo afirmar que acompañar a otros en su camino de seguimiento al Señor, después de la celebración de la Eucaristía y la administración de los sacramentos de la salvación, es lo mejor que me pudo haber sucedido en mi vida. De todo hombre y mujer que se han acercado a mí, he aprendido algo que me ha ayudado a mejorar el desempeño de misión. Jamás me he enfrentado a alguna situación que el Señor no haya asumido, corregido y salvado. Tampoco he conocido ningún hermano que haya pedido mi ayuda mediante engaños, subterfugios o con una intención no recta.
El poder ser testigo del paso de Dios en la vida de los otros me ha permitido asumir mi situación real como pecador y salvado a la vez. Al mismo tiempo, he sido testigo de cómo Dios, el Señor, asume la condición de pecado, salva, rehabilita, acepta y envía a mis hermanos como colaboradores en la construcción de su Reino. El hecho de mostrarme disponible, a pesar de mis límites y debilidades, me ha ayudado a amar más mi vocación y por esta razón se ha fortalecido el deseo de ayudar a que otros la cuiden también y estar atento a los signos que Dios les da para continuar en su servicio. Como acompañante espiritual he descubierto con sorpresa los caminos de los que Dios se vale, en, con y desde la Iglesia, para descubrir los ardides y trampas del mal y me ha permitido estar junto a otros en su decisión de rechazarlos y estar atento para erradicarlos de raíz.
Dejarse acompañar y acompañar a otros consiste en un hermoso aunque difícil desafío del dejarse llevar. Se apoya en un ministerio recibido de la Tradición de la Iglesia que se sirve de la relación de ayuda pastoral personalizada para buscar el crecimiento integral de las personas en el seguimiento de Cristo. Aceptar el reto de dejarse llevar por otro implica asumir con admiración y sorpresa el modo como Dios, el Señor, que es Misterio, se hace presente en el misterio del hombre para ayudarlo a crecer en su tarea de ser plenamente hombre y descubrir el plan de salvación en su historia concreta. Hacerlo desde el sacerdocio, significa servir desde el mandato de la Iglesia como referente de la fe de la comunidad. Hacerlo como cristiano, quiere decir que asumo el riesgo de ser acompañado por otro en la apasionante búsqueda de la voluntad de Dios que me anima a vivir intensamente mi vida con el deseo explícito de renunciar a la mediocridad y el conformismo de una vida vacía.
El referente principal del acompañamiento espiritual, obviamente es Jesucristo, el Buen Pastor, cuyo paradigma es el hecho de que se deja reconocer por los discípulos de Emaús (Lc 24). El ministerio del acompañamiento nos anima a introducirnos en la vida y vicisitudes del peregrino con la única finalidad de dar a conocer el camino, la verdad y la vida verdadera que es Cristo. Este acompañamiento requiere la apertura total y transparente de quien se deja llevar y la certeza de que quien acompaña lo hace en nombre del Señor y, por lo tanto, se obliga al secreto absoluto y a una diligente y amorosa presencia en la vida de quien quiere buscar, hallar y sentir la voluntad de Dios en su vida concreta.
P. Jaime Emilio González Magaña S. J.
17 marzo 2010
P. Emilio González Magaña. SJ
Cuando el sacerdote ha vivido en plenitud su ministerio, la vejez no es -ni debería ser-, un triste y duro sobrevivir, precisamente porque su ancianidad es preciosa para él mismo y para toda la comunidad cristiana. Al igual que todo individuo, ha de buscar y encontrar en cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de servir y de amar. Sin embargo, la diócesis o la congregación religiosa a la que pertenecen deberían poner los medios para lograrlo de modo tal que estos hermanos no se sintieran tratados como simples trastos viejos. En el N° 13 de la Exhortación Apostólica Pastores dabo Vobis de S. S. Juan Pablo II nos enseña cómo «Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro perfecto y definitivo del sacerdocio de la Nueva alianza. Esto lo ha hecho en su vida terrena, pero sobre todo en el acontecimiento central de su pasión, muerte y resurrección».
Uno de los retos que se plantea la Iglesia en nuestros días es favorecer una auténtica formación permanente que permita preparar al sacerdote a vivir de una manera especial su sacerdocio en Cristo en el momento crucial de su vida: el de su pasión, muerte y resurrección. La realidad parece mostrarnos como si la sociedad moderna rechazase o buscase marginar a los ancianos. Este deseo de alejamiento, estas actitudes de indiferencia, de olvido o, incluso, de rechazo, comienzan a nivel de esa unidad fundamental de la sociedad que es la célula familiar. Es urgente reflexionar seriamente sobre el puesto de los ancianos en el seno de la familia, la sociedad, las Diócesis y las congregaciones religiosas que no están exentas de esta tendencia. A este respecto se ha pronunciado también el Papa Juan Pablo II: «La sociedad contemporánea niega a los ancianos un espacio adecuado sea en el seno de las familias, que se han transformado de patriarcales en nucleares o esenciales, sea en el seno de las estructuras públicas, las cuales los relegan a un estado de marginación, en nombre de un eficientismo productivo».
Uno de los retos que se plantea la Iglesia en nuestros días es favorecer una auténtica formación permanente que permita preparar al sacerdote a vivir de una manera especial su sacerdocio en Cristo en el momento crucial de su vida: el de su pasión, muerte y resurrección. La realidad parece mostrarnos como si la sociedad moderna rechazase o buscase marginar a los ancianos. Este deseo de alejamiento, estas actitudes de indiferencia, de olvido o, incluso, de rechazo, comienzan a nivel de esa unidad fundamental de la sociedad que es la célula familiar. Es urgente reflexionar seriamente sobre el puesto de los ancianos en el seno de la familia, la sociedad, las Diócesis y las congregaciones religiosas que no están exentas de esta tendencia. A este respecto se ha pronunciado también el Papa Juan Pablo II: «La sociedad contemporánea niega a los ancianos un espacio adecuado sea en el seno de las familias, que se han transformado de patriarcales en nucleares o esenciales, sea en el seno de las estructuras públicas, las cuales los relegan a un estado de marginación, en nombre de un eficientismo productivo».
De esta manera surge en el ánimo del anciano la triste impresión de ser un hombre inútil a sí mismo y a los demás. Es justo y necesario, por tanto, que nos planteemos una espiritualidad del sacerdote anciano; es decir, cómo puede y debe vivir un presbítero su espiritualidad sacerdotal en una ancianidad que -como expresa el Pontificio Consejo para los Laicos – debe estar caracterizada por la espiritualidad de ese continuo renacer que Jesús mismo indica al anciano Nicodemo, invitándolo a que no se deje detener por la vejez y se empeñe a renacer, en el Espíritu, a una vida siempre nueva, llena de esperanza, porque «lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es espiritual» (Jn 3,5)130. La sociedad contemporánea asiste a una dimensión numérica nunca vista de sacerdotes mayores. El envejecimiento, entre sacerdotes y consagrados, ha adquirido un relieve especial tanto por la disminución de nuevas vocaciones como por los progresos de la medicina.
Esto comporta que también a nivel pastoral las dificultades se hagan notar, pues la complejidad de las nuevas tareas pastorales exigiría, por el contrario, un mayor número de pastores de almas. Por parte de la Iglesia existe también la responsabilidad, respecto a los sacerdotes ancianos, de ayudarles a captar el sentido de la edad, a apreciar sus propios recursos y así superar la tentación del rechazo, del autoaislamiento, de la resignación a un sentimiento de inutilidad y aun de desesperación. Muchos sacerdotes ancianos experimentan frecuentemente un cierto desempleo activo y una cierta marginación, favorecida por los sacerdotes más jóvenes que quieren destacar u ocupar puestos de “mayor relevancia”. Hay que descubrir en ellos, y ayudarles a descubrir, las posibilidades positivas que este momento existencial les ofrece para el cumplimiento de su misión.
Resulta urgente repensar el papel del sacerdote anciano, pues corre el riesgo de perder su identidad y su reconocimiento no sólo en la sociedad civil, sino también en el seno de la misma comunidad cristiana. No es extraño que el Pontificio Consejo para los Laicos haya señalado que «la situación actual -en no pocos sentidos inédita- interpela, en todo caso, a la Iglesia, a que emprenda una revisión de la pastoral de la tercera y la cuarta edad [...] para estimular a los ancianos a que den su propia aportación a la misión de la Iglesia y para ayudarles a lograr un especial beneficio espiritual gracias a su participación activa en la vida de la comunidad eclesial». ¿No será ésta -también paradójicamente- una nueva e inesperada posibilidad para que la Iglesia haga un examen de conciencia ad intra y no sólo promueva la evangelización y la renovación de la vida eclesial ad extra?
10 marzo 2010
LA INGRATITUD AL SACERDOTE ANCIANO
Posted by P. Pedro Ayala | 10 marzo 2010 | Category:
P. Emilio
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1 comentarios
P. Emilio González Magaña SJ
...integrar progresivamente la ancianidad
en clave de crecimiento,
dentro del propio aprendizaje a vivir...
Esta semana reflexionaba sobre una actitud creciente de ingratitud hacia el sacerdote anciano. Tristemente, poco se menciona el testimonio de algunos sacerdotes que siguen sirviendo a la Iglesia con el mismo entusiasmo de siempre y, por convicción con una vida congruente con su predicación, en pobreza y, muchas veces, en soledad y aun en el olvido. Como dice Jorge Juan Pérez Gallego en su tesis de licenciatura «la tercera edad es un tema que no se aborda con la debida sinceridad y responsabilidad que se debiera y, precisamente por que no se estudia y conoce, no resulta fácil ni convencerse de los contenidos positivos que ella posee, ni afrontar debidamente sus problemas o aspectos más negativos. Es necesario integrar progresivamente la ancianidad en clave de crecimiento, dentro del propio aprendizaje a vivir, para llegar a ser así ante la sociedad un testimonio ‘de contraste’».
Me parece que la Iglesia necesita reflexionar sobre este mismo tema, pero afrontándolo desde un punto de vista relativamente nuevo, tomando en consideración las presentes circunstancias eclesiales y sociales, pues el sacerdote -como los demás hombres-, también padece los problemas propios de la tercera edad, porque es víctima de un desgaste progresivo. El estudio acerca del ministerio y vida del sacerdote ha ido oscilando a lo largo del tiempo, dependiendo de donde se ponía el centro, o bien en la identidad o bien en el ministerio, llegando a olvidar en algunas ocasiones la inseparabilidad y dependencia mutua de ambos aspectos. Por otra parte, también la enfermedad, los años y el ocaso de la vida pueden suponer para algunos sacerdotes un cierto tipo de “crisis” en el ejercicio del ministerio, en su vida espiritual y en la interpretación y significado del sacerdocio ministerial.
Me parece que la Iglesia necesita reflexionar sobre este mismo tema, pero afrontándolo desde un punto de vista relativamente nuevo, tomando en consideración las presentes circunstancias eclesiales y sociales, pues el sacerdote -como los demás hombres-, también padece los problemas propios de la tercera edad, porque es víctima de un desgaste progresivo. El estudio acerca del ministerio y vida del sacerdote ha ido oscilando a lo largo del tiempo, dependiendo de donde se ponía el centro, o bien en la identidad o bien en el ministerio, llegando a olvidar en algunas ocasiones la inseparabilidad y dependencia mutua de ambos aspectos. Por otra parte, también la enfermedad, los años y el ocaso de la vida pueden suponer para algunos sacerdotes un cierto tipo de “crisis” en el ejercicio del ministerio, en su vida espiritual y en la interpretación y significado del sacerdocio ministerial.
En los últimos años se ha publicado una enorme bibliografía acerca del ministerio sacerdotal, pero no se ha aludido ni tratado directa y suficientemente la vivencia del ministerio sacerdotal, desde la propia identidad, en los distintos momentos y etapas de la vida: juventud (un poco más estudiada), enfermedad y ancianidad. Es necesario descubrir los valores de estas fases o etapas del sacerdocio ministerial, para poder alcanzar así la profundidad de la vocación específica. Hemos de aceptar la ancianidad como una gracia de la mano de Dios, pues no lo es menos que la juventud. Podemos adaptar a la secuencia “juventud-ancianidad” lo que San Ignacio de Loyola dice de “salud-enfermedad” en los Ejercicios Espirituales. Como en la vida toda, así también en la ancianidad, debe cada uno esforzarse y procurar que Dios sea glorificado y servido. No se trata de una aceptación resignada, sino de una oblación hecha con generosidad “como quien ofrece afectándose mucho”, con conocimiento interno de todo el bien recibido, para que enteramente reconociendo, pueda el anciano en todo amar y servir a su divina Majestad (EE 233).
Es necesario, por tanto, tener bien claro qué es y qué significa la permanencia del ser y del ministerio del sacerdote, pues como enseña el Papa Juan Pablo II: «Al sacerdote, marcado en su ser de una manera indeleble y para siempre como ministro de Jesús y de la Iglesia, e inserto en una condición de vida permanente e irreversible, se le confía un ministerio pastoral que, enraizado en su propio ser y abarcando toda su existencia, es también permanente» (PDV 70). La Congregación para el Clero insiste en que el sacerdote ha de buscar siempre esa «profunda “unidad de vida” que lo conduce a tratar de ser, de vivir y de servir como “otro Cristo” en todas las circunstancias de la vida. Es decir, ¿encuentra ayuda y respuestas concretas en los estudios recientes de espiritualidad sacerdotal, el sacerdote joven que ha sufrido un grave accidente, el sacerdote enfermo e impedido y el sacerdote anciano, acerca de cómo vivir el ejercicio de su ministerio? ¿Acaso estas circunstancias llegan a debilitar, oscurecer, restar eficacia y compromiso, o incluso a anular el ministerio sacerdotal? La respuesta estará en el modo como se conciba dicho ministerio y vida sacerdotal.
Es necesario, por tanto, tener bien claro qué es y qué significa la permanencia del ser y del ministerio del sacerdote, pues como enseña el Papa Juan Pablo II: «Al sacerdote, marcado en su ser de una manera indeleble y para siempre como ministro de Jesús y de la Iglesia, e inserto en una condición de vida permanente e irreversible, se le confía un ministerio pastoral que, enraizado en su propio ser y abarcando toda su existencia, es también permanente» (PDV 70). La Congregación para el Clero insiste en que el sacerdote ha de buscar siempre esa «profunda “unidad de vida” que lo conduce a tratar de ser, de vivir y de servir como “otro Cristo” en todas las circunstancias de la vida. Es decir, ¿encuentra ayuda y respuestas concretas en los estudios recientes de espiritualidad sacerdotal, el sacerdote joven que ha sufrido un grave accidente, el sacerdote enfermo e impedido y el sacerdote anciano, acerca de cómo vivir el ejercicio de su ministerio? ¿Acaso estas circunstancias llegan a debilitar, oscurecer, restar eficacia y compromiso, o incluso a anular el ministerio sacerdotal? La respuesta estará en el modo como se conciba dicho ministerio y vida sacerdotal.
03 marzo 2010
PENA, RABIA, TRAICIÓN, ESCÁNDALO Y VERGÜENZA
Posted by P. Pedro Ayala | 03 marzo 2010 | Category:
P. Emilio
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P. Emilio González Magaña SJ
El Papa ya se había reunido el 11 de diciembre con el cardenal Séan Brady, Arzobispo de Armagh y presidente de la Conferencia Episcopal Irlandesa y con el Arzobispo Diarmuid Martin de Dublín. En esa ocasión, analizaron el Informe Murphy, que registra casos de abusos en la Arquidiócesis de Dublín de 1975 a 2004. El lunes 15, los 24 obispos irlandeses comenzaron el encuentro con una misa presidida por el cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Papa, junto a la tumba de San Pedro y rezaron por las víctimas de los abusos, por la Iglesia y por todo el pueblo de Irlanda. Previo al encuentro con Benedicto XVI, el Cardenal pidió a todos, obispos, sacerdotes, y pueblo de Dios, "humildad y confianza", recordando que "la prueba por una parte humilla y por otra produce paciencia y una profundización en la fe". Afirmó, asimismo, que los abusos son "particularmente execrables" y han llevado al pueblo de Dios a la tentación que "tiende a hacer perder la confianza en Dios, llevando al desaliento y la desesperación".
16 febrero 2010
NO AL CARRERISMO SACERDOTAL
Posted by P. Pedro Ayala | 16 febrero 2010 | Category:
Actualidad,
P. Emilio,
Sacerdocio
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Lo que debe caracterizar todos nuestros gestos y nuestras palabras
no es la búsqueda del poder y del éxito,
sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia…
P. Emilio González Magaña SJ
Cuando el Santo Padre se dirige a quienes colaboramos en la formación de formadores al sacerdocio es preciso y contundente: debemos insistir por activa y por pasiva en que el sacerdocio jamás debería ser usado como un medio para hacer carrera en la Iglesia. Consciente de los retos que se presentan al sacerdote de nuestro tiempo, el año pasado, la Pontificia Comisión para América Latina de la Congregación para los Obispos, dedicó su Reunión Plenaria al tema de la Formación Sacerdotal en los Seminarios de América Latina. En su mensaje final, el Papa nos decía: «Hoy más que nunca es preciso que los seminaristas, con recta intención y al margen de cualquier otro interés, aspiren al sacerdocio movidos únicamente por la voluntad de ser auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo que, en comunión con sus Obispos, lo hagan presente con su ministerio y su testimonio de vida».
La preocupación del Santo Padre no es nueva y evidencia una realidad de la que poco se habla. Obviamente es mucho más fácil cargar las tintas con otro tipo de escándalos, ya sea en materia de castidad o de obediencia. El tema del “carrerismo” está en íntima relación con una débil vivencia de la pobreza y esto -por supuesto-, no se refiere solamente al hecho de tener o no tener dinero. Su Santidad Benedicto XVI es consciente de que la búsqueda de poder en la Iglesia existe, es frecuente y en algunas ocasiones se presenta con apariencia de bien aun cuando, en realidad, la ambición se disfraza de un aparente servicio. De ahí la dificultad de reconocer la tentación si no vivimos en un ambiente de auténtico discernimiento de nuestras afecciones desordenadas. El Papa ha sido explícito en su mensaje tanto a Cardenales, Obispos, Sacerdotes Diocesanos y Religiosos así como a seminaristas y escolares en formación.
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